Las maravillas de tu Ley…

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Los verdaderos hijos de Dios aman su Palabra y la meditan todos los días (Sal 119:97). No se trata de un conocimiento vanal, de ubicación de textos o de simple apreciación. ¡Hasta Satanás conoce la palabra de Dios! (Mateo 4:6).

¿Cómo estar seguros de que estamos en una relación correcta con Dios? ¿Será acaso por lo que hacemos? Seguro que no, porque eso es depositar nuestra confianza en nosotros mismos y no en Dios (Efesios 2:9; 1 Corintios 1:29; Tito 3:5) ¿Será por la iglesia a la que asistimos? Tampoco, porque Dios condenó a Israel por su ritualismo sin sentido, sus canastas llenas de ofrendas en contraste con su vacío corazón (Amós 5:21; Isaías 1:11-17; Isaías 29:13). ¿Qué será entonces…?

“Shemá, oh Israel”…¿recordáis esas palabras? Esperad en ellas.

"pero los que esperan en el SEÑOR renovarán sus fuerzas; se remontarán con alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán." (Isaías 40:31)

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Lo que aleja de Dios…

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Creo que de a poco me he ido dando cuenta de cómo funciona una de las cosas que más nos aleja de Dios. Por supuesto que no quiero quitar de su mal trono al egocentrismo, que cuenta con el infame galardón de ser lo que más nos aleja de nuestro Santo Creador. Pero el egocentrismo se manifiesta en muchas cosas, algunas tangibles y otras no tanto. Quisiera hablar de una que me preocupa en particular.

Sin duda el conocimiento mundano y vanal es el que nos aleja de Dios. Una vez leí que “sin revelaciones absolutas que provengan de Dios mismo, estaremos a la deriva en un mar de ideas conflictivas relacionadas con la conducta, la justicia, el bien y el mal, que provendrán de una multitud inmensa de pensadores conceptuales.” ¡Pero que gran verdad!

Este es un mal, un veneno punzante, una sarna despreciable que contamina no sólo a los que no son cristianos, sino, lamentablemente, a los que lo son también. Preferimos hablar de Platón, Aristóteles o Tomás de Aquino para justificar algunas doctrinas o teologías. Preferimos dejarnos llevar por lo que dice Rosseau, Nietszche, Kant o Foucault sobre la sociedad. Preferimos escuchar toda una serie de paradigmas educacionales (por citar alguno, el constructivismo) para saber cómo es mejor educar. Preferimos rendirnos a los pies de Maquiavelo para saber cómo gobernar. O incluso, más simplemente, preferimos coleccionar citas de una multitud variada de pensadores para escribirlas en nuestras páginas, que escribir en nuestro corazón las únicas citas que dan Vida.

El ser humano escucha a otros seres humanos más que a Dios mismo. Esto es una realidad que contamina cada rincón del mundo. Todos los días y a cada momento conozco a cristianos envanecidos con uno que otro pensador, con una que otra teoría, con uno y que otro razonamiento.

Y alguien puede decir: “Dios nos da la razón. ¿Cómo ha de enojarse Dios, que nos dio la razón, en que la ocupemos?”. Si, quizás sea este un razonamiento plausible. Pero todo depende para qué ocupamos la razón. ¿La usamos para la Gloria de Dios, es decir, para pensar y razonar lo que él mismo nos enseña? ¿O pretendemos crear nuestras propias torres, edificios y sistemas de verdad, o incluso alimentarnos de los de otros?

El mundo es un lugar muy plural, eso es una realidad del tamaño del mismo mundo. Y el cristiano olvida que Dios se centra siempre en sí mismo: es Él, es Su enseñanza, es Su gloria, es Su poder, son Sus determinaciones. Por ende, como Dios es uno – y esto es razonar para la gloria de Dios – entonces la verdad también es una, y esa es la suya. ¿Como hemos de econtrar esa singularidad en este mundo tan plural? Por eso Dios se reveló a sí mismo en Su Palabra, en Su Lógos, para que podamos tener acceso a lo que Él dice, y no a lo que el resto de la humanidad diga. Porque si preferimos escuchar lo que otros dicen y aceptarlo, estamos negando lo que Dios dice, y no lo aceptamos.

A Él sea por siempre la eterna gloria.

Conocimiento

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Tú sabes lo que quiero. Lo sabes porque me conoces. Sabes que esta, mi necesidad, es arder en deseos de conocerte cada día más. Dame, Dios mío, más ardor. Que mi Espíritu se inflame más allá de todo límite por tu Santo Nombre.

Pero, ponme a prueba. ¿Acaso esto no es vanidad? ¿Para qué quiero yo tanto conocimiento? El conocimiento envanece, tal como ha pasado a quienes dicen trabajar para Ti, cuando en realidad trabajan por su propia honra y honor. ¡Quiero saber Padre, saber muchísimo! No permitas que engañe a mi corazón convenciendome de mi propia elocuencia. Pero, vuelves a preguntar: “¿Para qué lo deseas?”. Y dentro mío pensé: “Lo quiero para ofrecertelo a Ti” Mas ¿no es esto un absurdo? Porque, ¿cómo he de darte lo que es tuyo? O ¿Quien hay tan necio que arranque una flor del campo, sólo para volver a depositarla en el suelo? ¿Acaso no la arranca, la lleva consigo y en su hogar la pone en agua para conservarla, y así permita gozar de su aroma a todos los que viven o visitan el mismo techo donde habita? Y cuando ven la flor ¿acaso no dicen “Miren que bueno es el campo, porque nos entrega flores tan maravillosas y de tan grato aroma”?

En verdad, así quiero hacer con el conocimiento que Tú me diste, me das y me darás. Tú mi Señor, no te irritarás de que me permita sacar una flor de tu campo, para que la muestre a los demás. Para que ellos también puedan decir conmigo: “Mira que grande y generoso es el Señor”.

Ahora bien ¿cómo he de hacerlo? Porque el conocimiento es el de tus dones el más ingrato. ¿Quien querrá recibirlo de otro? ¿Quien desea ser enseñado? Todos, del prójimo, esperan amor, compasión, cariño, bondad: dones todos bien recibidos. Mas ¿quién desea ser instruido? Así me lo has hecho saber. Pero luego pienso: “¿Acaso yo soy el que instruye?” Pienso que no. Tú Espíritu entrega conocimiento, tu Espíritu enseña sobre tus caminos. Eso lo sé. ¿Y cual es mi papel?

Al fin me lo has revelado. Soy hijo tuyo, y a la vez tu obrero y tu siervo. Tú, que me escogiste desde el vientre de mi madre para gozar de tu gracia, y por la cual he recibido tan inmensas bendiciones como estrellas hay en el cielo. Soy instrumento para tu Gloria y mi tarea es que todos digan “¡Aleluya! Que bueno y mirericordioso es el Señor”

Así pues, sólo puedo tener una carta de presentación: “Yo Matías, siervo de Jesucristo, no he venido a enseñar lo mío, sino lo que es de Dios”. Allí es cuando me doy cuenta de que lo que realmente te pido, es el sufrimiento. ¿Quien no me calumniará e injuriará al oír semejantes palabras? Supongo que, al final, es el destino de todo el que te ama de verdad. El Reino de los Cielos es de los que sufren por Tu causa. Bien poco me importan las espaldas de los otros, con tal de presentarme a Ti como un obrero que no rehuye su trabajo.

Que la Gloria sea siempre tuya. No dejes que me quede con un ápice de autosatisfacción.

¿Existe Dios?

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No me gusta mucho hablar de este tema, por dos motivos: primero, porque no me agrada tener que probar algo que no necesita ser probado; y segundo, porque existe el peligro de reducir la fe a una mera aceptación de la existencia de Dios, cosa que es descabellada.

Siempre existirá la gente que se pregunta si Dios existe realmente. Para ellos es, en primer lugar, este pequeño escrito. También es para aquellos que, estando seguros, tienen que defender el nombre de Dios.

La verdad es que no me interesa cúantas teorías se puedan elabrorar sobre el origen del universo. Es cierto que el Génesis dice que Dios creó el mundo en seis días. Y por los otros datos que nos entrega, podemos deducir que fue hace unos 6.000 años. Pero ellos dicen que no, que el mundo tiene millones y millones de años, y por tanto, la Biblia miente. Eso es porque no saben que, como dice Pedro, para el Señor “un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8). Dios no tiene la misma concepción del tiempo que el hombre, pero como la humanidad es antroprocéntrica, lo ve todo bajo su propias concepciones y no es capaz de entender tales verdades.

Ahora bien, sin más vueltas, quisiera pasar al tema de la creación del universo. Es cierto que Dios creó el universo, pero como los no cristianos tampoco estudian bien la Biblia, obvian que su idioma original no es, en este caso, el español; sino el arameo y el griego. Lo que se traduce como universo en el nuevo testamento, proviene del griego “Kosmos”, que significa “sistema ordenado”, “orden” u “armonía”. Dios es el creador del “orden”, el creador de todo un “sistema ordenado” y “armonioso”. Sí, quizás haya sido el famoso big-bang – quien sabe, no soy científico. Y si fue el big-bang, fue porque Dios lo ordenó así. Quizás esto, al no cristiano, le suene a fanatismo. Pues bien, usaremos lógica básica para zanjar el asunto.

¿Así que el big-bang creó el universo? Okey. ¿Y qué había antes del big-bang? Porque, según yo sé, como ninguna cosa puede nacer de la nada, algo debe de haber existido antes del big-bang. Y algunos dirán que no saben, pero que había algo antes del big-bang. Okey, ¿y qué había antes de ese algo antes del big-bang? Llegados a este punto, tenemos dos opciones: Prolongar el problema hasta el infinito, lo cual es un absurdo, puesto que sería “chutear” el problema; o pensar lo siguiente: Que como nada puede nacer de la nada, la nada no existe como tal. Esto es una ley: todo efecto debe tener una causa. Y como ninguna cosa puede autocrearse, es decir, hacerse a sí mismo de la nada, sólo nos queda aceptar que existió una cosa primera, preexistente, causa de todas las otras cosas. ¡Qué bien sabían estas cosas los antiguos!

"Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten" (Colosenses 1:17)

Sabiduría

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¿Qué es la sabiduría? ¿Acaso no nos enseña Salomón que el principio de la Sabiduría es el Temor de Dios? (Prov 1:7) Por tanto, a ti que buscas la sabiduría: “No rechazes la disciplina del Señor ni aborrezcas su reprensión, porque el Señor a quien ama reprende.” (Prov 3:11-12a) Conoce al Señor, guarda sus mandamientos y serás sabio.

El que no sabe, y no sabe que no sabe; es necio: evítalo.
El que no sabe, y sabe que no sabe; es un simplón: enséñale.
El que sabe, y no sabe que sabe; está dormido: despiértalo.
Mas que sabe, y sabe que sabe; es sabio: síguelo.

Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. (Stgo 1:5)

“¡Escucha oh Israel!”

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Dios nos grita a cada momento las palabras iniciales de la Ley Mosaica: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”. Esta es la exigiencia de desprendimiento suprema, la confirmación y la prueba de nuestro despojo y rechazo de lo que este mundo nos ofrece. Estas palabras significan: “Me amarás más que cualquier cosa de este mundo”.

El quiere que escribamos sus palabras en las tablas de nuestro corazón.

La Salvación

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El tema de la eucaristía de hoy fue muy claro. Creo que si tuviese que resumirlo en una sola palabra, esa sería “evangelio”. El Antiguo Testamento habla de que un Cristo (Mesías), enviado por Dios, vendría para salvar al pueblo judío. Esto nos deja varias preguntas.

Es sabido que los judíos siguen esperando a su Mesías. Entonces ¿cómo sabemos nosotros que el Mesías prometido por Dios es Jesús de Nazaret? Precisamente eso nos quería demostrar la primera lectura de hoy, la del profeta Zacarías (12:10-11; 13:1), que profetizó que el Cristo sería “traspasado” y que tendría que morir para que tuviesemos el “perdón de los pecados”. Esa es una de las muchas pruebas que se encuentran esparcidas por todo el Antiguo Testamento y que se cumplen en Cristo. Es decir, Dios dejó a los judíos no sólo una, sino muchísimas formas de identificar a este Mesías. Por tanto, para los que conocían la Ley y los Profetas, no hay excusa.

Pero esto nos lleva inevitablemente a otra pregunta. Jesús fue judío, y vino a salvar al pueblo judío. ¿Cómo pues, nosotros que no somos judíos, nos beneficiamos de tal manifestación de la misericordia de Dios? Las promesas de los profetas hablan de “la Casa de Israel”. Incluso Zacarías habla de “la casa de David”. ¿Cómo entonces es que llegan a los paganos? Pablo lo explicó en la segunda lectura (Gálatas 3:26-29). “Si somos de Cristo, entonces somos descendientes de Abraham y herederos en virtud de la promesa”. ¿Qué promesa? y ¿por qué Pablo mete a Abraham en todo este embrollo? Porque Pablo, en esa misma epistola, nos recuerda que la promesa máxima y primera fue la que Dios hizo a Abraham: “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (Genesis 12:3). La Ley, que fue dada a los judíos 430 años después, no invalida la primera promesa de Dios, a saber, la bendición de todos los descendientes de Abraham que creen en Cristo, el cual es su descendiente. Dios, en su promesa a Abraham, es claro en que quiere ofrecer su bendición no sólo a los judíos, sino a todos las naciones de la tierra.

Así, llegamos a la última pregunta. Dios envió a su Mesías para salvar al pueblo judío primeramente, luego a los paganos. Pero ¿de qué vino a salvarnos Cristo? Los judíos zelotes pensaron que vendría a salvarlos del dominio romano; otros, que vedría a salvar al mundo de las enfermedades y dolencias; o otros, que vendría a salvarlos del hambre y la pobreza. Pero Jesús es claro en anunciar el reino cuando dice que “No es de este mundo” (Juan 18:36). El reino de Dios no es una realidad material, es una realidad espiritual, por lo tanto, nuestra respuesta a la pregunta debiese ser también en la esfera de lo espiritual.

¿De qué vino a salvarnos el Mesías que Pedro supo reconocer (Lucas 9:18-20)? ¿Por qué dijo, luego de eso, que debía padecer, morir y resucitar al tercer día? ¿Por qué a Cristo se le llama el “Cordero de Dios”? ¿En qué situación de peligro estábamos que necesitábamos ser salvados por alguien?

El que pueda responder todas estas preguntas, seguramente es un verdadero Hijo de Dios.

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