Las maravillas de tu Ley…

Deja un comentario

Los verdaderos hijos de Dios aman su Palabra y la meditan todos los días (Sal 119:97). No se trata de un conocimiento vanal, de ubicación de textos o de simple apreciación. ¡Hasta Satanás conoce la palabra de Dios! (Mateo 4:6).

¿Cómo estar seguros de que estamos en una relación correcta con Dios? ¿Será acaso por lo que hacemos? Seguro que no, porque eso es depositar nuestra confianza en nosotros mismos y no en Dios (Efesios 2:9; 1 Corintios 1:29; Tito 3:5) ¿Será por la iglesia a la que asistimos? Tampoco, porque Dios condenó a Israel por su ritualismo sin sentido, sus canastas llenas de ofrendas en contraste con su vacío corazón (Amós 5:21; Isaías 1:11-17; Isaías 29:13). ¿Qué será entonces…?

“Shemá, oh Israel”…¿recordáis esas palabras? Esperad en ellas.

"pero los que esperan en el SEÑOR renovarán sus fuerzas; se remontarán con alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán." (Isaías 40:31)

La Salvación

Deja un comentario

El tema de la eucaristía de hoy fue muy claro. Creo que si tuviese que resumirlo en una sola palabra, esa sería “evangelio”. El Antiguo Testamento habla de que un Cristo (Mesías), enviado por Dios, vendría para salvar al pueblo judío. Esto nos deja varias preguntas.

Es sabido que los judíos siguen esperando a su Mesías. Entonces ¿cómo sabemos nosotros que el Mesías prometido por Dios es Jesús de Nazaret? Precisamente eso nos quería demostrar la primera lectura de hoy, la del profeta Zacarías (12:10-11; 13:1), que profetizó que el Cristo sería “traspasado” y que tendría que morir para que tuviesemos el “perdón de los pecados”. Esa es una de las muchas pruebas que se encuentran esparcidas por todo el Antiguo Testamento y que se cumplen en Cristo. Es decir, Dios dejó a los judíos no sólo una, sino muchísimas formas de identificar a este Mesías. Por tanto, para los que conocían la Ley y los Profetas, no hay excusa.

Pero esto nos lleva inevitablemente a otra pregunta. Jesús fue judío, y vino a salvar al pueblo judío. ¿Cómo pues, nosotros que no somos judíos, nos beneficiamos de tal manifestación de la misericordia de Dios? Las promesas de los profetas hablan de “la Casa de Israel”. Incluso Zacarías habla de “la casa de David”. ¿Cómo entonces es que llegan a los paganos? Pablo lo explicó en la segunda lectura (Gálatas 3:26-29). “Si somos de Cristo, entonces somos descendientes de Abraham y herederos en virtud de la promesa”. ¿Qué promesa? y ¿por qué Pablo mete a Abraham en todo este embrollo? Porque Pablo, en esa misma epistola, nos recuerda que la promesa máxima y primera fue la que Dios hizo a Abraham: “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (Genesis 12:3). La Ley, que fue dada a los judíos 430 años después, no invalida la primera promesa de Dios, a saber, la bendición de todos los descendientes de Abraham que creen en Cristo, el cual es su descendiente. Dios, en su promesa a Abraham, es claro en que quiere ofrecer su bendición no sólo a los judíos, sino a todos las naciones de la tierra.

Así, llegamos a la última pregunta. Dios envió a su Mesías para salvar al pueblo judío primeramente, luego a los paganos. Pero ¿de qué vino a salvarnos Cristo? Los judíos zelotes pensaron que vendría a salvarlos del dominio romano; otros, que vedría a salvar al mundo de las enfermedades y dolencias; o otros, que vendría a salvarlos del hambre y la pobreza. Pero Jesús es claro en anunciar el reino cuando dice que “No es de este mundo” (Juan 18:36). El reino de Dios no es una realidad material, es una realidad espiritual, por lo tanto, nuestra respuesta a la pregunta debiese ser también en la esfera de lo espiritual.

¿De qué vino a salvarnos el Mesías que Pedro supo reconocer (Lucas 9:18-20)? ¿Por qué dijo, luego de eso, que debía padecer, morir y resucitar al tercer día? ¿Por qué a Cristo se le llama el “Cordero de Dios”? ¿En qué situación de peligro estábamos que necesitábamos ser salvados por alguien?

El que pueda responder todas estas preguntas, seguramente es un verdadero Hijo de Dios.

Conocerte de verdad

Deja un comentario

¿Quien te conocerá como te conocemos los que en verdad te conocemos? Creo que nadie tiene gozo más grande que nosotros. Y sabemos que conocerte no es sólo cogno-certe, sino más bien eso mismo, conocerte. Pero los que no te conocen ¿cómo entenderán qué significa conocerte? Sin duda ellos dirán “¡Le conocemos!”, sin embargo, tan lejos estan de Ti como el sol de desaparecer. En verdad, quiero hacer algo que no puedo hacer, que no depende de mí: quiero que te conozca todo el mundo, como te conocemos los que en verdad te conocemos – perdóname por esto. Pero no faltará el necio que diga: “¿Para qué conocerle, si basta con hacer lo que nos mandó?” ¡Necio! Así tu caridad será mera filantropia; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo; y todas tus obras, estériles.

¿Lo has entendido ya? Medita sobre tu vida, medita sobre las cosas a las cuales les dedicas tu tiempo. El único tiempo bien gastado – ¡el único! – es el tiempo que es dedicado a la gloria de Dios. ¿No sabes cómo hacer que ese tiempo sea para Su gloria? Entonces estás como este pobre Adán. Si quieres, por lo menos, oír al Maravilloso, búscalo en su palabra y deja que Él te instruya.