El DT Supremo

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En estos tiempos del mundial y tras haber leído un escrito de un gran amigo, es que pongo en el tapete esta reflexión. Cristo es el DT de nuestras vidas por excelencia. Cuando nos dejamos llevar por sus instrucciones y participamos como Él nos dice que lo hagamos, llegaremos a la victoria. Pero algunos quieren el éxito inmediato, y cuando fallan, dicen “El DT es malo”. No es que Cristo falle, sino que nosotros, los jugadores, fallamos. Él es el mejor DT del mundo: sólo debemos confíar en Él.

Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que El os diga. (Juan 2:5)

Agustín – Confesiones

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No me agrada la gente que habla de Agustín sin comprenderlo realmente. Es medio fácil repetir sus frases más famosas, como el “Tarde te amé…” o el “Ama y haz lo que quieras” entre muchas otras – personalmente creo que hay mejores que esas. Cualquiera puede memorizar un par de versos de sus Confesiones para que todos vean que ha leído a uno de los cristianos más insignes de la historia. Supongo que es como la biblia: un par de versiculos acá, otro poco allá y ¡voilà! ya soy un teólogo consumado. En verdad, este mudo está lleno de gente ignorante que se disfraza de sabio. Gracias a mi Señor que aviva mis sentidos a la hora de descubrir a estos charlatanes.

Vamos al grano pues. ¿Qué son las Confesiones? ¿Alguna vez se han preguntado por qué un tal Agustín quería que todo el mundo supiese lo que pasaba en su interior? ¿Qué quería lograr con eso? No es el relato de su vida lo que importa – bueno, quizás le importe al charlatán, para aprenderse algunos datitos curiosos y comentarlos entre los otros pseudo-eruditos – sino sus reflexiones en cuanto a él mismo, al hombre, a la naturaleza de Dios y a otros temas que aquejan al hombre moderno. ¿Y cómo consiguió Agustín tal conocimiento de Dios? Él lo atribuye al Espíritu de Dios, Espíritu que vive sólo en los que creen en Jesucristo.

Ahora bien, volvamos a la pregunta del por qué de las Confesiones, que creo es la parte más importante de todo el libro. Agustín dice que para que el mundo le crea ha escrito sus Confesiones. ¿Le crea qué? Pues, supongo que los tiempos antiguos eran similares a los de hoy en día. Supongo que la gente igual seguía diciendo: “Oh si, yo soy cristiano” cuando en realidad, de cristiano tenía sólo el nombre. Es como la gente que hoy en día dice: “Pero si yo creo en Dios”. Está bien, dice Santiago, también los demonios creen, y tiemblan por ello – no has hecho nada nuevo.

Al final, creo que Agustín escribió sus Confesiones por la misma razón que yo este comentario. Para decir: “¡Escuchen sordos! Hay un Dios que creen conocer, pero que no conocen. ¡Leánme! Así sabrán como piensa un hijo de Dios. Y sólo me creerán los que a Dios abra los ojos.” Podría eufemizar eso para que no suene tan brusco, pero como no busco la aprobación humana, sino la de Dios, los dejaré con eso.

El Empleado Astuto (Lc. 16:1-9)

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Jesús también les dijo a sus discípulos:”Había una vez un hombre muy rico, que tenía un empleado encargado de cuidar todas sus riquezas. Pero llegó a saber que ese empleado malgastaba su dinero.2Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es todo esto que me han dicho de ti? Preséntame un informe de todo mi dinero y posesiones, porque ya no vas a trabajar más para mí”.

3 “El empleado pensó: “¿Qué voy a hacer ahora que mi patrón me despide del trabajo? No soy fuerte para hacer zanjas, y me da vergüenza pedir limosna.4 ¡Ya sé lo que haré, para que algunos me reciban en sus casas cuando me despidan!”

5 “El empleado llamó a cada uno de los que le debían algo a su patrón, y al primero le preguntó: “¿Cuánto le debes a mi patrón?”6 Aquel hombre contestó: “Le debo cien barriles de aceite de oliva”. El empleado le dijo: “Aquí está tu cuenta. Rápido, siéntate y, en lugar de cien barriles, anota cincuenta”.7 Luego le preguntó a otro: “¿Y tú, cuánto le debes a mi patrón?” Ese hombre respondió: “Diez mil kilos de trigo”. El empleado le dijo: “Toma tu cuenta y anota ocho mil kilos”.

8 “Al saber esto, el patrón felicitó al empleado deshonesto por ser tan astuto. Y es que la gente de este mundo es más astuta para atender sus propios negocios que los hijos de Dios.

9 “Por eso, a ustedes, mis discípulos, yo les aconsejo que usen el dinero ganado deshonestamente para ganar amigos. Así, cuando se les acabe ese dinero, Dios los recibirá en el cielo.

Confieso que siempre me fue esquiva la interpretación de este pasaje. Una primera lectura me sugería que Jesús aprobaba las ganancias deshonestas siempre y cuando estas fueren para ganar amigos. ¿Será acaso de esta manera? Me resistía a la idea de creerlo.

Pero el Espíritu ilumina la letra. ¿En qué pensaba cuando no pude descifrar el contenido de esta maravillosa historia? Quizás, aún queda en mí ese pequeño pensamiento de autosuficiencia. No, no quizás: aún está allí – ¡Quitámelo Señor! -.

Existe la gente que, según todos, se gana el dinero de manera honesta, sin hurtar ni estafar. Y también existe gente que, según todos, se gana el dinero de manera deshonesta, robando y engañando a otros. Ahora bien, Cristo parece situarnos a todos en este segundo contexto. ¿Cómo es esto posible? Yo pensaba que mis cosas, mi trabajo, mi dinero, mis libros y todo lo que es de mi propiedad son cosas que Dios me ha permitido obtener mediante su beneplácito. ¿Cómo puede llamar Jesús a estas cosas unas “riquezas ganadas deshonestamente”? Si fuese así ¡ni siquiera me atrevería a comer un pedazo de pan!

Sin embargo, la postura de Cristo es fácil de comprender si admitimos una gran verdad: que Dios es generoso, porque aún cuando le fallamos innumerables veces, nos da vida, aliento, fuerzas, trabajo y un sueldo que aunque sea poco, es dádiva. ¿Por qué? Porque él es el dueño de todas las riquezas, el es el patrón del fundo, de este lugar llamado universo. Así, lo que tenemos en realidad no es nuestro, sino que son bienes que Dios nos da en usufructo, y él quiere que sus bienes sean usados de la manera correcta.

Así, ni siquiera tenemos opción de réplica, por cuanto todos estamos en la misma posición. Amamos nuestra “propiedad privada”, cuando en realidad ni siquiera es nuestra propiedad, ni mucho menos es privada, sino colectiva. Todos somos unos administradores y empleados deshonestos, puesto que “malgastamos el dinero”, es decir, las dádivas, que Dios nos da. Y este malgastar no es otra cosa que la avaricia: el quererlo todo para sí. Por eso el cristiano entrega todo: porque nada es de él, ni siquiera su vida, que es de Cristo.

Así, utilicemos bien las ganancias deshonestas: las ganancias que Dios nos da a pesar de no merecerlas. ¿Para qué? Para “ganar amigos”, para ser generosos, para disfrutar con otros de los tiempos de bonanza que el Señor nos entrega.  Sin embargo, antes que todo esto, usémoslas para agradar a nuestro patrón como hizo el empleado astuto. Así, cuando se nos acabe el dinero, nuestras riquezas, de las cuales la última en terminar es la vida, podamos entrar en el Cielo.

Queda un problema por resolver, planteado en la última oración. ¿Por qué Cristo parece dar a la generosidad una importancia tan grande como las llaves del Reino de los Cielos? Esto suena a justificación por obras. Pues bien, este tema no lo quiero resolver ahora. A los que quieran combatir les digo: “Oíste que se deben hacer buenas obras; pues bien, primero hazlas y luego pregunta si ellas te ayudan para algo, o si sólo la fe te ayuda. Pero cuidado, no vayas a ser como el doctor de la ley que quería seguir a Jesús. Por eso te digo “Ve y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37). Sólo así entenderás por qué Cristo pone tanto énfasis en las obras. Y si no lo entiendes, entonces este mensaje ha sido en vano.”