Felices los que lloran…

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Felices los que lloran, porque recibirán consolación. ¿Quién sino Él es capaz de juntar la felicidad y el sufrimiento, para dar lugar a una enorme bendición? El mundo suele separar ambas cosas, pero Él las junta, por tanto lo que Él ha unido que no lo separe hombre alguno. Y es que los que lloran por su pecado y por los de otros – sello de los escogidos – tienen un verdadero gozo, un enorme consuelo: la consolación misma. ¿Como ha de ser consolado el que no se contrita? Somos como un puerto, porque las mayores riquezas nos llegan por la vía marítima. Que cuando llegue la tormenta con sus fuertes lluvias, podamos apoyarnos en Dios. En verdad es cierto el Salmo: por el valle de las lágrimas se llega a Sión.

Atravesando el Valle de las Lágrimas lo cambian en fuente, cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; verán a Dios en Sion. (Sal 84:6-7)

Martin Luther…

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…o hispanoamericanamente conocido como Martín Lutero, fue un personaje sencillamente increíble. Pocos aprecian con exactitud la importancia histórica de Lutero en la historia del catolicismo. Hoy quisiera hablar de este gran hombre, a propósito de mi adquisición – ¡gracias mi Dios! – de una colección de sus sermones.

Así como las falsas doctrinas se habían apoderado de la iglesia en los tiempos antiguos de mano de Arrio, obispo de Alejandría, así también sucedió en los tiempos de Lutero.(1) Las indulgencias, el claustro de las escrituras, el falso purgatorio, y la falsa piedad se apoderaban de la sociedad cristiano-medieval de entonces, y se esgrimían como los vicios incurables del que una vez fue el pueblo de Dios.

¿¡Cesar Borgia, Papa!? ¿Que hubiese sido de nosotros? ¡Si hasta Nietszche se gozó de su nombramiento! Sin embargo, impulsados por la reforma, contrarreformamos. Aunque el nombre está mal puesto: en la práctica, nuestra iglesia avanzó como lo propuso la reforma de Lutero. Y además, tampoco es una re-forma – no es otra forma – sino que se volvió a la misma forma que se debió haber tenido siempre. Lo que yo llamo una “archimorfosis”, es decir, la transformación a la forma primera.

PUNTO APARTE: ¿Quién demonios escribió la historia de la reforma y la contrarreforma? Está conceptualmente muy mal elaborada.

Aunque esta archimorfosis, como toda transformación, es un proceso: requiere energía para seguir procesándose. En biología, por ejemplo, la planta requiere luz solar, agua y buena tierra. Nuestra iglesia requiere, como energía para seguir el proceso, aún más colirio en los ojos. ¡Ah! Y una lavadora dónde depositar sus percudidas – y antes albas – ropas.

(1) Para una idea de la magnitud de la crisis. Sólo dos obispos no cayeron en la herejía de Arrio, en el siglo III.