El tema de la eucaristía de hoy fue muy claro. Creo que si tuviese que resumirlo en una sola palabra, esa sería “evangelio”. El Antiguo Testamento habla de que un Cristo (Mesías), enviado por Dios, vendría para salvar al pueblo judío. Esto nos deja varias preguntas.

Es sabido que los judíos siguen esperando a su Mesías. Entonces ¿cómo sabemos nosotros que el Mesías prometido por Dios es Jesús de Nazaret? Precisamente eso nos quería demostrar la primera lectura de hoy, la del profeta Zacarías (12:10-11; 13:1), que profetizó que el Cristo sería “traspasado” y que tendría que morir para que tuviesemos el “perdón de los pecados”. Esa es una de las muchas pruebas que se encuentran esparcidas por todo el Antiguo Testamento y que se cumplen en Cristo. Es decir, Dios dejó a los judíos no sólo una, sino muchísimas formas de identificar a este Mesías. Por tanto, para los que conocían la Ley y los Profetas, no hay excusa.

Pero esto nos lleva inevitablemente a otra pregunta. Jesús fue judío, y vino a salvar al pueblo judío. ¿Cómo pues, nosotros que no somos judíos, nos beneficiamos de tal manifestación de la misericordia de Dios? Las promesas de los profetas hablan de “la Casa de Israel”. Incluso Zacarías habla de “la casa de David”. ¿Cómo entonces es que llegan a los paganos? Pablo lo explicó en la segunda lectura (Gálatas 3:26-29). “Si somos de Cristo, entonces somos descendientes de Abraham y herederos en virtud de la promesa”. ¿Qué promesa? y ¿por qué Pablo mete a Abraham en todo este embrollo? Porque Pablo, en esa misma epistola, nos recuerda que la promesa máxima y primera fue la que Dios hizo a Abraham: “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (Genesis 12:3). La Ley, que fue dada a los judíos 430 años después, no invalida la primera promesa de Dios, a saber, la bendición de todos los descendientes de Abraham que creen en Cristo, el cual es su descendiente. Dios, en su promesa a Abraham, es claro en que quiere ofrecer su bendición no sólo a los judíos, sino a todos las naciones de la tierra.

Así, llegamos a la última pregunta. Dios envió a su Mesías para salvar al pueblo judío primeramente, luego a los paganos. Pero ¿de qué vino a salvarnos Cristo? Los judíos zelotes pensaron que vendría a salvarlos del dominio romano; otros, que vedría a salvar al mundo de las enfermedades y dolencias; o otros, que vendría a salvarlos del hambre y la pobreza. Pero Jesús es claro en anunciar el reino cuando dice que “No es de este mundo” (Juan 18:36). El reino de Dios no es una realidad material, es una realidad espiritual, por lo tanto, nuestra respuesta a la pregunta debiese ser también en la esfera de lo espiritual.

¿De qué vino a salvarnos el Mesías que Pedro supo reconocer (Lucas 9:18-20)? ¿Por qué dijo, luego de eso, que debía padecer, morir y resucitar al tercer día? ¿Por qué a Cristo se le llama el “Cordero de Dios”? ¿En qué situación de peligro estábamos que necesitábamos ser salvados por alguien?

El que pueda responder todas estas preguntas, seguramente es un verdadero Hijo de Dios.

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