Conocimiento

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Tú sabes lo que quiero. Lo sabes porque me conoces. Sabes que esta, mi necesidad, es arder en deseos de conocerte cada día más. Dame, Dios mío, más ardor. Que mi Espíritu se inflame más allá de todo límite por tu Santo Nombre.

Pero, ponme a prueba. ¿Acaso esto no es vanidad? ¿Para qué quiero yo tanto conocimiento? El conocimiento envanece, tal como ha pasado a quienes dicen trabajar para Ti, cuando en realidad trabajan por su propia honra y honor. ¡Quiero saber Padre, saber muchísimo! No permitas que engañe a mi corazón convenciendome de mi propia elocuencia. Pero, vuelves a preguntar: “¿Para qué lo deseas?”. Y dentro mío pensé: “Lo quiero para ofrecertelo a Ti” Mas ¿no es esto un absurdo? Porque, ¿cómo he de darte lo que es tuyo? O ¿Quien hay tan necio que arranque una flor del campo, sólo para volver a depositarla en el suelo? ¿Acaso no la arranca, la lleva consigo y en su hogar la pone en agua para conservarla, y así permita gozar de su aroma a todos los que viven o visitan el mismo techo donde habita? Y cuando ven la flor ¿acaso no dicen “Miren que bueno es el campo, porque nos entrega flores tan maravillosas y de tan grato aroma”?

En verdad, así quiero hacer con el conocimiento que Tú me diste, me das y me darás. Tú mi Señor, no te irritarás de que me permita sacar una flor de tu campo, para que la muestre a los demás. Para que ellos también puedan decir conmigo: “Mira que grande y generoso es el Señor”.

Ahora bien ¿cómo he de hacerlo? Porque el conocimiento es el de tus dones el más ingrato. ¿Quien querrá recibirlo de otro? ¿Quien desea ser enseñado? Todos, del prójimo, esperan amor, compasión, cariño, bondad: dones todos bien recibidos. Mas ¿quién desea ser instruido? Así me lo has hecho saber. Pero luego pienso: “¿Acaso yo soy el que instruye?” Pienso que no. Tú Espíritu entrega conocimiento, tu Espíritu enseña sobre tus caminos. Eso lo sé. ¿Y cual es mi papel?

Al fin me lo has revelado. Soy hijo tuyo, y a la vez tu obrero y tu siervo. Tú, que me escogiste desde el vientre de mi madre para gozar de tu gracia, y por la cual he recibido tan inmensas bendiciones como estrellas hay en el cielo. Soy instrumento para tu Gloria y mi tarea es que todos digan “¡Aleluya! Que bueno y mirericordioso es el Señor”

Así pues, sólo puedo tener una carta de presentación: “Yo Matías, siervo de Jesucristo, no he venido a enseñar lo mío, sino lo que es de Dios”. Allí es cuando me doy cuenta de que lo que realmente te pido, es el sufrimiento. ¿Quien no me calumniará e injuriará al oír semejantes palabras? Supongo que, al final, es el destino de todo el que te ama de verdad. El Reino de los Cielos es de los que sufren por Tu causa. Bien poco me importan las espaldas de los otros, con tal de presentarme a Ti como un obrero que no rehuye su trabajo.

Que la Gloria sea siempre tuya. No dejes que me quede con un ápice de autosatisfacción.

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Flancos

2 comentarios

¿Que hacer cuando la vida carga contra ti por cuatro flancos? No es que sea fatalista, pero este semestre ha sido difícil. A pesar de haber pagado el alto precio de alejarme de la gente a la que Amo, para dedicarme a mí mismo y terminar lo que hace cuatro años empecé, las cosas no me han salido como he querido. Es como si una multibarrera estuviese entre el mí y el final de mi carrera, rompemos una tan solo para llegar a otra.

¿Qué he hecho mal? ¿Acaso he buscado lo incorrecto? Es ahora cuando añoro el tremendo conocimiento de Dios de los que son mis verdaderos hermanos: ¡Cuan bien pueden discernir lo que es su voluntad! En cambio yo, años luz atrás, apenas puedo vislumbrar un poco de su Gloria, y clamo y clamo por más revelación.

¡Que palabras las del salmista! ¿Que haré sino repetirlas? “No escondas de tu siervo tu rostro. Porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme.” (Sal. 69:17)

Tú eres mi esperanza, Dios de mi salvación…