No recuerdo haber cosechado nada en alguna otra oportunidad de mi vida. Quizás si he sacado alguna fruta de algún árbol, pero esta vez era distinto, no por asuntos de cantidad, sino porque esta vez tenía que ser selectivo.

En el camino al huerto donde estaban los olivos, hablaba con mi suegro y me contaba la poca pena que valía el tremendo trabajo que se hace cosechando olivos, para las paupérrimas ganancias que deja. Bastaría que me pusiese a trabajar para darme cuenta de ello,

Me sentí rápidamente agobiado del trabajo. Eran más de trescientos árboles y yo me demoraba poco más de una hora por árbol. Afortunadamente, no era yo solo, pero el trabajo seguía siendo inmensamente grande. Debíamos sacar todos los olivos de cada uno de aquellos árboles. ¡Cuánto trabajo! Además, era un trabajo tedioso. Había que tratar al árbol con cuidado y recoger solo los olivos aptos.

Éramos solo cuatro trabajando, yo rogaba que llegase alguien más. Cinco horas cosechando olivos no es un trabajo precisamente agradable. Con las manos congeladas y adoloridas por el frío solo quería parar, pero no podría hacerlo: los otros seguían trabajando, no podía trabajar menos. Las ramas rasgaban las manos sensibles por el frío, produciendo algo de dolor. A veces te pinchabas con alguna, otras, se te caía una mugre al ojo, y otras tantas, las ramas flexibles del olivo se te escapaban propinándote un latigazo. Un trabajo aburrido y sacrificado. ¡Y pensar que hay gente que vive de esto!

Más tarde, realizando mi estudio bíblico de costumbre, quise estudiar el tema de la cosecha. Una cita de Mateo 9:37-38 me iluminó el panorama: “A la verdad la mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies”. Los cristianos somos los obreros, los campesinos de un inmenso huerto. Lo malo, es que somos pocos, para tanto trabajo…

Reflexioné sobre lo que pasé cosechando. Muchos inconvenientes: el frío que me destrozaba las manos, el aburrimiento y los rasguños de las ramas. En verdad, el cristiano es un hombre sufriente. Debe sacrificarse por los otros hasta el dolor mismo. A eso hemos venido a este mundo, a trabajar. A trabajar, no para nosotros, sino para el Señor de la mies.

En estos tiempos en que mi Iglesia pasa por dificultades, oremos al Todopoderoso para que envíe abundantes y verdaderos obreros a la cosecha.