Adiós Santiago…

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Bueno, los que me conocen siempre me han oído despotricar contra esta ciudad: su contaminación, su ruido, su ritmo acelerado de vida, su competitividad, su poca paz, etcétera. Sin embargo, ahora que ha llegado el momento de partir de ella, me siento dividido por la mitad. Una parte de mi quiere conocer nuevas realidades, nuevas personas, emprender ese viaje de introspección que tantas veces solicité, dedicarme por completo al propósito primero de mi vida: Dios. Sin embargo, gran costo tiene esto: ¡Adiós amigos!

Extrañaré, sin duda alguna, El Oasis: una maravillosa comunidad cristiana universitaria dónde pude descubrir el verdadero significado de la comunión que, como hermanos, tenemos todos en Cristo. Gente maravillosa, ¡increíble! Quisiera mencionar a unos cuantos, pero ellos saben quienes son. En verdad allí se cumple la escritura: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros el mundo sabrá si sois mis discípulos”. ¡Cuanto amor desbordante y desinteresado hay en ese gran hogar! Los extrañaré a todos, y vendré a verlos muy seguido.

Mi iglesia, capilla San Agustín, por la que tantas cosas quise hacer. Ha pasado ya el tiempo y es hora de emprender rumbo a otros ministerios. La semilla ha sido sembrada: es hora de que crezca en buena tierra. Los extrañaré mucho, a todos y cada uno.

Mis compañeros de universidad, que tanto apoyo me dieron en mi examen de grado y durante toda mi carrera. No sé si hubiese llegado tan lejos en lo académico si no hubiera sido por ellos. ¡Gracias amigos!

En definitiva, el saldo de dolor por la partida tiene un sólo sinónimo: gente. ¡Que genial es conocer gente nueva y que triste es despedirse de ella! Pero hay una esperanza para los que confían en Dios: sabemos que, aunque nos despidamos, nunca ningún momento será el último.

Los queremos, buenas noches.

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“Adioses”…

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Medio obligado, medio queriendo; así parto. Con tristeza, pero a la vez con alegría; con miedo, pero con valentía; confiando en Dios en todo momento. Confío en que de lo malo hará aparecer algo positivo: esa es mi esperanza. Creo que me tiene preparada una misión allá, una pequeña tareilla, para poder glorificar su nombre. Creo que estaré bien, que nada malo pasará…

Quizás sea hora de labrar otros campos de los que el Señor es dueño absoluto. Colaboradores de Dios somos, en todo lugar, en cualquier parte podemos proclamar sus maravillas. Y el nos aparta y nos envía conforme a su beneplácito, a su voluntad, a que otros conozcan su mensaje.

Y mientras tanto, sigo a la carrera para asir aquello por lo que fui asido por Cristo. A la verdad corro, no con la rapidez de algunos. Sin embargo, el Señor conoce las intenciones de mi corazón: el me hará uno más de sus santos, uno más apartado para servirle y honrarle.

Conserven la fe hermanos…

La falsa seguridad de nuestras obras

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En mi vida he oído hablar a muchas personas. También he leído a otras tantas, pero en número muy inferior. Sin embargo, pocas son las que me han convencido con una maravillosa congruencia y ejemplo de las enseñanzas del Maestro.

Con razón se dice que la lengua es traicionera. Traicionera porque, a los que la saben leer, manifiesta los más arcanos pensamientos de quienes la andan soltando en demasía por allí y por acá: y eso los condena. Prefiero, antes, hablar poco, sobretodo de mí mismo; refrenar mi lengua, no sea que yo también vaya a ser encontrado culpable.

Unos creen ser más sutiles en sus discursos: alaban su justicia y se exaltan ellos mismos hablando sólo de las cosas que hacen. Se colocan, así, en un puesto que no les corresponde. Si supieran que vale más humillarse y clamar por ayuda…pero no. Para ellos, las obras de sus manos lo son todo. ¡Hipócritas! Ayudan al desvalido, amparan a la viuda, socorren al caído; pero son egoístas, iracundos, traicioneros, mentirosos, amantes de ellos mismos, narcisistas. ¿Cómo puede esto ser así?

“Aquieto la conciencia cumpliendo mi deber. Socorro a los débiles para acallar mi culpa. Alimento a los hambrientos para tenerme seguro.” piensan. Cuando mejor debiesen ser misericordiosos, mansos, tiernos, humildes, sufrientes, pobres, pacificadores. Pero no; buscan riñas y pleitos para deshacerse de los que los importunan, desechan la ternura por considerarla una debilidad, son incapaces de perdonar sin recelos, son soberbios y no les gusta que los “pasen a llevar”…

¿Que tipo de ayuda podría recibir alguien de una persona así?

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y éstas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquéllas.

No se preocupen aún, porque no seré yo quien luche contra ustedes: no me corresponde, no es mi lugar. Será el Señor “el cuál aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios”

A Él sea la Eterna Gloria por siempre.

Lo que aleja de Dios…

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Creo que de a poco me he ido dando cuenta de cómo funciona una de las cosas que más nos aleja de Dios. Por supuesto que no quiero quitar de su mal trono al egocentrismo, que cuenta con el infame galardón de ser lo que más nos aleja de nuestro Santo Creador. Pero el egocentrismo se manifiesta en muchas cosas, algunas tangibles y otras no tanto. Quisiera hablar de una que me preocupa en particular.

Sin duda el conocimiento mundano y vanal es el que nos aleja de Dios. Una vez leí que “sin revelaciones absolutas que provengan de Dios mismo, estaremos a la deriva en un mar de ideas conflictivas relacionadas con la conducta, la justicia, el bien y el mal, que provendrán de una multitud inmensa de pensadores conceptuales.” ¡Pero que gran verdad!

Este es un mal, un veneno punzante, una sarna despreciable que contamina no sólo a los que no son cristianos, sino, lamentablemente, a los que lo son también. Preferimos hablar de Platón, Aristóteles o Tomás de Aquino para justificar algunas doctrinas o teologías. Preferimos dejarnos llevar por lo que dice Rosseau, Nietszche, Kant o Foucault sobre la sociedad. Preferimos escuchar toda una serie de paradigmas educacionales (por citar alguno, el constructivismo) para saber cómo es mejor educar. Preferimos rendirnos a los pies de Maquiavelo para saber cómo gobernar. O incluso, más simplemente, preferimos coleccionar citas de una multitud variada de pensadores para escribirlas en nuestras páginas, que escribir en nuestro corazón las únicas citas que dan Vida.

El ser humano escucha a otros seres humanos más que a Dios mismo. Esto es una realidad que contamina cada rincón del mundo. Todos los días y a cada momento conozco a cristianos envanecidos con uno que otro pensador, con una que otra teoría, con uno y que otro razonamiento.

Y alguien puede decir: “Dios nos da la razón. ¿Cómo ha de enojarse Dios, que nos dio la razón, en que la ocupemos?”. Si, quizás sea este un razonamiento plausible. Pero todo depende para qué ocupamos la razón. ¿La usamos para la Gloria de Dios, es decir, para pensar y razonar lo que él mismo nos enseña? ¿O pretendemos crear nuestras propias torres, edificios y sistemas de verdad, o incluso alimentarnos de los de otros?

El mundo es un lugar muy plural, eso es una realidad del tamaño del mismo mundo. Y el cristiano olvida que Dios se centra siempre en sí mismo: es Él, es Su enseñanza, es Su gloria, es Su poder, son Sus determinaciones. Por ende, como Dios es uno – y esto es razonar para la gloria de Dios – entonces la verdad también es una, y esa es la suya. ¿Como hemos de econtrar esa singularidad en este mundo tan plural? Por eso Dios se reveló a sí mismo en Su Palabra, en Su Lógos, para que podamos tener acceso a lo que Él dice, y no a lo que el resto de la humanidad diga. Porque si preferimos escuchar lo que otros dicen y aceptarlo, estamos negando lo que Dios dice, y no lo aceptamos.

A Él sea por siempre la eterna gloria.

Hace un año…

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Creo que es sano revisar nuestro pasado. Sé que Dios, cuando nos arrepentimos, borra todas nuestras rebeliones. Las expulsa a las profundidades del océano. Pero revivirlas con el afán de recordar que no debemos caer nuevamente en eso, es importante. Así Pablo, por ejemplo, muchas veces exhortó a los cristianos con el ejemplo de la fallida historia salvífica de Israel, recordandoles todo lo que pasaron, para que no fuesen a caer nuevamente en aquello.

Hace un año escribía arduamente, al igual que ahora. Quizás en una forma incorrecta: aún era un niño, aún me alimentaba de leche y pretendía alimentar con vianda a quienes ni siquiera habían nacido. ¡Gracias Señor, por hacerme crecer tanto!

Aunque, mis ideas, con más o menos variaciones, siguen siendo las mismas, sigo siendo el mismo de antes en cuanto a pensamientos, mas ahora más profundo, más cauto, más maduro, más sabio.

Antes, en todo caso, era mucho más resoluto. ¿Será que estoy cambiando la Verdad por una paz falsa? Creo que puedo ser paciente y cauto, al mismo tiempo que implacable para denunciar lo que no es voluntad de Dios.

¿Para qué tanto agasajo? ¿Para qué tantas palabras blandas? La Verdad siempre será la misma. Quizás he alargado una despedida que debió ocurrir hace un año. Aunque, de no haberlo hecho, no podría decir que el Señor me ha bendecido como un istrumento suyo. Feliz estoy por ello, pero ¿hasta cuando?

Los amigos pasarán. Pero antes de que pasen, algo debo hacer. No digo que dependa de mi, solo digo que es mi deber hacerlo. Si es sí, o si es no, eso depende del Todopoderoso.

Solo puedo llegar a una conclusión tras examinarme hace un año: He crecido. ¡Vaya que han dado frutos mis horas contigo! Es lo mismo que decir, que el tiempo contigo, es Tiempo. Y con eso puedo sacar otra conclusión: un día en Cristo, es mucho más que toda una vida sin Él. ¿Cuanto más será, entonces, el año y medio que llevo a tu lado? Mil veces más que un millón de vidas.

Conocimiento

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Tú sabes lo que quiero. Lo sabes porque me conoces. Sabes que esta, mi necesidad, es arder en deseos de conocerte cada día más. Dame, Dios mío, más ardor. Que mi Espíritu se inflame más allá de todo límite por tu Santo Nombre.

Pero, ponme a prueba. ¿Acaso esto no es vanidad? ¿Para qué quiero yo tanto conocimiento? El conocimiento envanece, tal como ha pasado a quienes dicen trabajar para Ti, cuando en realidad trabajan por su propia honra y honor. ¡Quiero saber Padre, saber muchísimo! No permitas que engañe a mi corazón convenciendome de mi propia elocuencia. Pero, vuelves a preguntar: “¿Para qué lo deseas?”. Y dentro mío pensé: “Lo quiero para ofrecertelo a Ti” Mas ¿no es esto un absurdo? Porque, ¿cómo he de darte lo que es tuyo? O ¿Quien hay tan necio que arranque una flor del campo, sólo para volver a depositarla en el suelo? ¿Acaso no la arranca, la lleva consigo y en su hogar la pone en agua para conservarla, y así permita gozar de su aroma a todos los que viven o visitan el mismo techo donde habita? Y cuando ven la flor ¿acaso no dicen “Miren que bueno es el campo, porque nos entrega flores tan maravillosas y de tan grato aroma”?

En verdad, así quiero hacer con el conocimiento que Tú me diste, me das y me darás. Tú mi Señor, no te irritarás de que me permita sacar una flor de tu campo, para que la muestre a los demás. Para que ellos también puedan decir conmigo: “Mira que grande y generoso es el Señor”.

Ahora bien ¿cómo he de hacerlo? Porque el conocimiento es el de tus dones el más ingrato. ¿Quien querrá recibirlo de otro? ¿Quien desea ser enseñado? Todos, del prójimo, esperan amor, compasión, cariño, bondad: dones todos bien recibidos. Mas ¿quién desea ser instruido? Así me lo has hecho saber. Pero luego pienso: “¿Acaso yo soy el que instruye?” Pienso que no. Tú Espíritu entrega conocimiento, tu Espíritu enseña sobre tus caminos. Eso lo sé. ¿Y cual es mi papel?

Al fin me lo has revelado. Soy hijo tuyo, y a la vez tu obrero y tu siervo. Tú, que me escogiste desde el vientre de mi madre para gozar de tu gracia, y por la cual he recibido tan inmensas bendiciones como estrellas hay en el cielo. Soy instrumento para tu Gloria y mi tarea es que todos digan “¡Aleluya! Que bueno y mirericordioso es el Señor”

Así pues, sólo puedo tener una carta de presentación: “Yo Matías, siervo de Jesucristo, no he venido a enseñar lo mío, sino lo que es de Dios”. Allí es cuando me doy cuenta de que lo que realmente te pido, es el sufrimiento. ¿Quien no me calumniará e injuriará al oír semejantes palabras? Supongo que, al final, es el destino de todo el que te ama de verdad. El Reino de los Cielos es de los que sufren por Tu causa. Bien poco me importan las espaldas de los otros, con tal de presentarme a Ti como un obrero que no rehuye su trabajo.

Que la Gloria sea siempre tuya. No dejes que me quede con un ápice de autosatisfacción.

Conocerte de verdad

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¿Quien te conocerá como te conocemos los que en verdad te conocemos? Creo que nadie tiene gozo más grande que nosotros. Y sabemos que conocerte no es sólo cogno-certe, sino más bien eso mismo, conocerte. Pero los que no te conocen ¿cómo entenderán qué significa conocerte? Sin duda ellos dirán “¡Le conocemos!”, sin embargo, tan lejos estan de Ti como el sol de desaparecer. En verdad, quiero hacer algo que no puedo hacer, que no depende de mí: quiero que te conozca todo el mundo, como te conocemos los que en verdad te conocemos – perdóname por esto. Pero no faltará el necio que diga: “¿Para qué conocerle, si basta con hacer lo que nos mandó?” ¡Necio! Así tu caridad será mera filantropia; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo; y todas tus obras, estériles.

¿Lo has entendido ya? Medita sobre tu vida, medita sobre las cosas a las cuales les dedicas tu tiempo. El único tiempo bien gastado – ¡el único! – es el tiempo que es dedicado a la gloria de Dios. ¿No sabes cómo hacer que ese tiempo sea para Su gloria? Entonces estás como este pobre Adán. Si quieres, por lo menos, oír al Maravilloso, búscalo en su palabra y deja que Él te instruya.

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