Los avances del Ecumenismo…

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Hace poco leí un artículo en Teología y Vida bastante decidor. La verdad es que me sorprendió, porque vi materializado mi más grande anhelo en aquellas páginas; anhelo que pensaba vería ya de edad avanzada, cuando no me quedase mucho tiempo para disfrutar aquella maravillosa verdad.

Se intitulaba “La recepción de Agustín en el pensamiento de Lutero” y, a pesar de que su autor, Joan Busquets, parecía resistirse a que nuestra iglesia hubiese cedido ante un conflicto que lleva tantos años como la reforma, mostraba, sin embargo, abrigadoras esperanzas de una iglesia unida, sino en esructura de culto, al menos, en los dogmas que son fundamentales.

Uno de estos temas es el de la justificación, a veces, mal llamado el de la salvación. Es cierto que la salvación se inicia, al menos ante los ojos humanos (porque Dios conoce a los que son suyos desde antes) con la justificación. Pero ambos procesos tienen distintas causas.

Tradicionalmente, nuestra iglesia siempre ha reconocido la gratuidad de la salvación en Cristo, por medio de su muerte y resurrección. El problema aquí no fue la salvación, sino el acto que la inicia, que tiene que ver con lo que llamamos la “justicia del creyente”.

¿Cómo un hombre puede ser justo ante los ojos de Dios? Sabemos que no es por obras. Además de toda la contundente evidencia bíblica, están los razonamientos lógicos: “¿A quién vino a salvar Cristo, si el hombre puede salvarse por sus propios méritos y obras?” Pero la buena noticia que quisiera comentar hoy, en verdad es una buena noticia, porque es el evangelio puro.

Gozo siento en mi ser cuando un teólogo católico, aunque de escuelas más reformadas como las del norte de España, es capaz de decir que “confesamos que es únicamente por la gracia por medio de la fe en la acción salvadora de Cristo y no sobre la base de nuestros méritos, que somos aceptados por Dios y que recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, nos capacita y nos llama a realizar obras buenas”

Queda aún una tarea pendiente. Que los creyentes reciban esta inmensa verdad dentro de su corazón, porque es la única puerta que lleva a Cristo. No por la ventana, tampoco por la chimenea, sino por la puerta. Es allí dónde Cristo quiere entrar a nuestras vidas. Además, se extraña mucho la palabra “pecado”, que pareciese ser un tabú indestructible dentro de nuestras murallas.

Con todo, abrigo esperanzas de una iglesia unida. El diálogo con nuestros hermanos mayores, que llevan ya muchos siglos viviendo esta verdad, nos ayudará aún más a corregir lo que en nuestra iglesia está mal.

Alabado sea Dios, por siempre, que desea que todos tengamos un mismo sentir en Él.

¿Existe Dios?

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No me gusta mucho hablar de este tema, por dos motivos: primero, porque no me agrada tener que probar algo que no necesita ser probado; y segundo, porque existe el peligro de reducir la fe a una mera aceptación de la existencia de Dios, cosa que es descabellada.

Siempre existirá la gente que se pregunta si Dios existe realmente. Para ellos es, en primer lugar, este pequeño escrito. También es para aquellos que, estando seguros, tienen que defender el nombre de Dios.

La verdad es que no me interesa cúantas teorías se puedan elabrorar sobre el origen del universo. Es cierto que el Génesis dice que Dios creó el mundo en seis días. Y por los otros datos que nos entrega, podemos deducir que fue hace unos 6.000 años. Pero ellos dicen que no, que el mundo tiene millones y millones de años, y por tanto, la Biblia miente. Eso es porque no saben que, como dice Pedro, para el Señor “un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8). Dios no tiene la misma concepción del tiempo que el hombre, pero como la humanidad es antroprocéntrica, lo ve todo bajo su propias concepciones y no es capaz de entender tales verdades.

Ahora bien, sin más vueltas, quisiera pasar al tema de la creación del universo. Es cierto que Dios creó el universo, pero como los no cristianos tampoco estudian bien la Biblia, obvian que su idioma original no es, en este caso, el español; sino el arameo y el griego. Lo que se traduce como universo en el nuevo testamento, proviene del griego “Kosmos”, que significa “sistema ordenado”, “orden” u “armonía”. Dios es el creador del “orden”, el creador de todo un “sistema ordenado” y “armonioso”. Sí, quizás haya sido el famoso big-bang – quien sabe, no soy científico. Y si fue el big-bang, fue porque Dios lo ordenó así. Quizás esto, al no cristiano, le suene a fanatismo. Pues bien, usaremos lógica básica para zanjar el asunto.

¿Así que el big-bang creó el universo? Okey. ¿Y qué había antes del big-bang? Porque, según yo sé, como ninguna cosa puede nacer de la nada, algo debe de haber existido antes del big-bang. Y algunos dirán que no saben, pero que había algo antes del big-bang. Okey, ¿y qué había antes de ese algo antes del big-bang? Llegados a este punto, tenemos dos opciones: Prolongar el problema hasta el infinito, lo cual es un absurdo, puesto que sería “chutear” el problema; o pensar lo siguiente: Que como nada puede nacer de la nada, la nada no existe como tal. Esto es una ley: todo efecto debe tener una causa. Y como ninguna cosa puede autocrearse, es decir, hacerse a sí mismo de la nada, sólo nos queda aceptar que existió una cosa primera, preexistente, causa de todas las otras cosas. ¡Qué bien sabían estas cosas los antiguos!

"Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten" (Colosenses 1:17)

La Salvación

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El tema de la eucaristía de hoy fue muy claro. Creo que si tuviese que resumirlo en una sola palabra, esa sería “evangelio”. El Antiguo Testamento habla de que un Cristo (Mesías), enviado por Dios, vendría para salvar al pueblo judío. Esto nos deja varias preguntas.

Es sabido que los judíos siguen esperando a su Mesías. Entonces ¿cómo sabemos nosotros que el Mesías prometido por Dios es Jesús de Nazaret? Precisamente eso nos quería demostrar la primera lectura de hoy, la del profeta Zacarías (12:10-11; 13:1), que profetizó que el Cristo sería “traspasado” y que tendría que morir para que tuviesemos el “perdón de los pecados”. Esa es una de las muchas pruebas que se encuentran esparcidas por todo el Antiguo Testamento y que se cumplen en Cristo. Es decir, Dios dejó a los judíos no sólo una, sino muchísimas formas de identificar a este Mesías. Por tanto, para los que conocían la Ley y los Profetas, no hay excusa.

Pero esto nos lleva inevitablemente a otra pregunta. Jesús fue judío, y vino a salvar al pueblo judío. ¿Cómo pues, nosotros que no somos judíos, nos beneficiamos de tal manifestación de la misericordia de Dios? Las promesas de los profetas hablan de “la Casa de Israel”. Incluso Zacarías habla de “la casa de David”. ¿Cómo entonces es que llegan a los paganos? Pablo lo explicó en la segunda lectura (Gálatas 3:26-29). “Si somos de Cristo, entonces somos descendientes de Abraham y herederos en virtud de la promesa”. ¿Qué promesa? y ¿por qué Pablo mete a Abraham en todo este embrollo? Porque Pablo, en esa misma epistola, nos recuerda que la promesa máxima y primera fue la que Dios hizo a Abraham: “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (Genesis 12:3). La Ley, que fue dada a los judíos 430 años después, no invalida la primera promesa de Dios, a saber, la bendición de todos los descendientes de Abraham que creen en Cristo, el cual es su descendiente. Dios, en su promesa a Abraham, es claro en que quiere ofrecer su bendición no sólo a los judíos, sino a todos las naciones de la tierra.

Así, llegamos a la última pregunta. Dios envió a su Mesías para salvar al pueblo judío primeramente, luego a los paganos. Pero ¿de qué vino a salvarnos Cristo? Los judíos zelotes pensaron que vendría a salvarlos del dominio romano; otros, que vedría a salvar al mundo de las enfermedades y dolencias; o otros, que vendría a salvarlos del hambre y la pobreza. Pero Jesús es claro en anunciar el reino cuando dice que “No es de este mundo” (Juan 18:36). El reino de Dios no es una realidad material, es una realidad espiritual, por lo tanto, nuestra respuesta a la pregunta debiese ser también en la esfera de lo espiritual.

¿De qué vino a salvarnos el Mesías que Pedro supo reconocer (Lucas 9:18-20)? ¿Por qué dijo, luego de eso, que debía padecer, morir y resucitar al tercer día? ¿Por qué a Cristo se le llama el “Cordero de Dios”? ¿En qué situación de peligro estábamos que necesitábamos ser salvados por alguien?

El que pueda responder todas estas preguntas, seguramente es un verdadero Hijo de Dios.