Se trata de Él; siempre se trata de Él. Hay un sólo Dios, y Él es Soberano. ¿Sabes lo que eso significa? Significa que Él puede hacer su voluntad en su creación de la manera que a Él le plazca. Dios dijo: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco” Y fue así. El universo no titubeó para cumplir dicha orden, ni hubo ley física que impidiese la potencia del mandato de Dios.

Muchos de los problemas de la cristiandad actual, pasan por esto. El hombre natural, sobretodo el de hoy en día, no entiende, o no quiere aceptar la potencia de la soberanía de Dios.

Es un síntoma propio de nuestro tiempo. El hombre cada vez busca más la libertad. En el siglo XIX, hubo fuertes cambios, potentes. Las revoluciones industriales le quitaron los límites al hombre, le hicieron pensar que ya no había un límite, que la energía era infinita y que podía hacer lo que quisiera con ella. El imperialismo fue su tutor en el arte de imponer su voluntad; le otorgó delirios de grandeza que, con el nacionalismo, pronto pasaron a ser delirios nacionales. La filosofía del poder de las masas despertó, sólo para ser acallada luego de que fue útil a las revoluciones, pero la ira y el odio permanecieron enraizados en la sociedad frustrada. En el arte, el hombre comenzó a volcarse en sí mismo, dando lugar al subjetivismo y al individualismo como las escuelas más prominentes. Ya no era el público el que valoraba el arte, sino el artista que imprimía el significado a su obra.

La tónica de este siglo fue, en palabras de muchos historiadores, un humanismo multiplicado. Ya no el Rey con el poder absoluto, sino el hombre con el control absoluto. Triste es ver que todo terminó en un descontrol absoluto.

Pero creo en la soberanía de Dios, y que, al igual que Pablo citaba la historia de Israel como ejemplo de instrucción, también nosotros podemos aprender de la nuestra. La historia no la hacen los políticos, ni los hombres poderosos; la hacen nuestras ideas. Las ideas determinan una época. No es tanto el hecho de que se inventó la máquina a vapor, sino como eso se traduce en los discursos ideológicos de muchos hombres, convenciendo a las masas de una idea determinada.

Así, nos han convencido con la idea de que nosotros somos los que tenemos el control de todo, que nosotros podemos elegir nuestro destino y que somos dueños absolutos de nuestras vidas, y que cualquiera que tenga el poder para limitarnos, es un tirano, y que cualquiera que ha creído encontrar una verdad distinta a la nuestra, es un dictador. Como cristianos, hemos apoyado todas estas ideas, conscientemente o sin malas intenciones, a pesar de que las escrituras dicen: “Y todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas El actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle <<¿Qué has hecho?>>” [Dn 4:35].

Existe un Dios, un Señor que demanda obediencia de todas sus criaturas caídas. Pero ya nadie predica eso hoy. ¿Por qué? Porque es impopular, muestra a un Dios lejano, un Dios dictador y tirano que hace lo que quiere, cuando en verdad, es mejor que el hombre tenga el poder. ¿Cierto? Evitamos hablar de esto con los inconversos e incluso entre nosotros mismos, porque es un “mal” concepto de Dios, suena feo, no tiene valor comercial, no se puede vender a alguien que no cree en Dios porque no lo aceptará.

Buscamos conversiones genuinas y manipulamos a las masas con historias sentimentales, apelamos a sus emociones, hablamos maravillas de Dios, y es cierto, Dios es maravilloso y amoroso. Pero también es un Dios justo, que no declarará por inocente al culpable. Es un Dios Santo, que no tiene nada que ver con el mal, aborrece lo malo y perverso que hay en nosotros. Debemos abrir los ojos de la gente a Dios, y no cerralos más.

Los que no conocen a Dios crujen los dientes contra esta verdad, porque les quita su vana esperanza, les quita su control y la vanagloria que ellos tienen. Les aterra la idea de un Dios justo y santo, porque no conocieron ese Dios: o se hicieron uno para ellos mismos, u otra persona se los hizo a ellos. Cualquiera sea el caso, el mensaje es que volvamos a Él, a su dominio seguro, a su evangelio poderoso y a su palabra suficiente.

No se trata de nosotros. No tenemos el poder. Es Dios quien elige, quien llama, quien justifica, quien santifica y quien glorifica. Que el Señor tenga misericordia de nosotros.

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