Pablo, apóstol y siervo de Jesucristo, era un hombre excepcional. Perseguido y entregado por los de su propio pueblo, e incluso despreciado por los mismos gentiles a quienes llevaba la buena noticia. Sufrió grandes golpizas y estuvo preso unas siete veces. Todo, aboslutamente todo lo soportó por amor a Cristo, del cual fue asiduo perseguidor en sus años de juventud.

La vida de Pablo es aboslutamente fascinante y sin duda que, después de Cristo, es el personaje más documentado del Nuevo Testamento. Tenemos muchas de sus epístolas con nosotros, más una que probablemente es de su autoría. La mitad del libro de Hechos está dedicada a narrar su ministerio entre los gentiles y cómo éstos iban siendo salvados por el Señor. Además, se cree que el tercer evangelio sinóptico está compuesto de la revelación que Pablo recibió de la vida de Cristo y que posteriormente Lucas, su fiel compañero, se encargó de registrar.

Pablo, entonces, tenía motivos suficientes para gloriarse. Por su causa toda Asia Menor y gran parte de los Balcanes, además de Macedonia y posiblemente Hispania, sin contar su pueblo natal y la región de Palestina, habían creído en Jesucristo y lavado sus pecados en las aguas del bautismo. Podría haberse presentado como el más trabajador de los apóstoles, el que más sufría por Cristo, el más elocuente por su manera de hablar, el de más credenciales de dolor y el que más lejos había llegado con el evangelio…pero, siempre se mantuvo humilde, a pesar de sus inmensas obras.

Es este mismo Pablo, que en segunda de corintios nos dice que tenía un “aguijón en la carne”. Está es la única vez que el vocablo griego skólops aparece en el Nuevo Testamento. Podría traducirse más apropiadamente como “espina” o “clavo”. Aunque no se sabe con certeza qué cosa era ese “aguijón en la carne”, una cosa es segura: no era del agrado de Pablo y tampoco le hacía bien. Porque la metáfora es evidente: un aguijón es una pequeña y puntiaguda cosa, que si se entierra en nuestra carne, produce dolor y molestias. Lo mismo con el “mensajero de Satanás que lo abofetea”. Era “algo” que tenía que lo hacía sufrir, que lo molestaba, que le causaba dolor. Aunque no sabemos muy bien qué era, y quizás los corintios nunca lo supieron; nosotros, hoy en día, podemos sentirnos de la misma manera que Pablo con muchísimas cosas.

Pablo le rogó que lo quitase de él, que lo eliminase. ¡Pero claro! Cuando yo tengo algo que me aqueja, o algún mal que me causa dolor, acudo a mi Dios en oración por medio de Cristo, mi Señor, para que aleje eso que me aqueja. Y ¿por qué? Bueno, pues, porque como se suele decir, en lenguaje teológico, Dios es Todopoderoso. Y porque dijo “Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, él se los dará”. Así que yo oro, porque tengo fe en que Dios me concederá lo que pido.

Así que, lo que Pablo hizo, es bastante sensato. Pero, ¿qué paso? Dios le contestó algo así como: “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. ¿Qué? A ver momento ¿me perdí de algo? ¿Yo le pido algo a Dios, y él me dice algo así como “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”? Cuando leí este pasaje recordé lo que me dijo mi padre cuando le pedí que me diera más plata para invitar a salir a una chica que me gustaba. Me dijo: “Te basta con luca hijo”. Esta respuesta de Dios me suena como que no le dio a Pablo lo que él le pidió.

Incluso, para que se note el énfasis, Pablo nos da un pequeño detalle que no es prudente pasar por alto. El dijo que había pedido a Dios “tres veces”. Es como si dijera: “Miren ¡Se lo pedí a Dios tres veces! ¡Tres veces! Y me dijo esto”. ¿Qué nos quiere decir Pablo con esto?

A veces, somos aquejados por diversos males, y vamos a Dios en oración y le rogamos “Padre, te ruego que me libres de este mal”. Pero no pasa nada. Y seguimos y seguimos orando. Pero no pasa nada. ¿Es que acaso Dios no nos escucha? Creo que no. Dios siempre nos escucha. Dios siempre te escucha. Quizás te está diciendo lo mismo que a Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Te dice: “Ya te di mi gracia, que es lo más maravilloso que puedo darte. La debilidad hace que mi poder crezca.” ¿Cómo es esto? ¿Mi debilidad hace que el poder de Dios crezca? Solo puedo entender esto como la forma que Dios tiene de enseñarnos a ser humildes, no sea que nos de todo y nos gloriemos de haberlo obtenido por nuestra cuenta, y cuando somos humildes el Espíritu habita tan poderosamente en nosotros que nos da inmenso poder. Así como un padre no le da al hijo todo lo que él le pide, nuestro Padre no nos da todo lo que pedimos para que nos fortalezcamos en ese sufrimiento, en ese dolor, en ese problema, en ese mal, en aquella carencia. Para enseñarnos que, no importa lo que pase o llegue a pasar, sigamos siempre confiando en él porque él es todo lo que necesitamos y al final no nos desamparará. Para que entendamos que, a fin de cuentas, nos dio su gracia, y eso es lo único que no vamos a perder cuando nos llegue el último suspiro. Para que entendamos que no sólo es todopoderoso para concedernos cualquier cosa que le pidamos, sino que, también, es todosuficiente para cubrir cualquier cosa que necesitamos.

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