Bueno, los que me conocen siempre me han oído despotricar contra esta ciudad: su contaminación, su ruido, su ritmo acelerado de vida, su competitividad, su poca paz, etcétera. Sin embargo, ahora que ha llegado el momento de partir de ella, me siento dividido por la mitad. Una parte de mi quiere conocer nuevas realidades, nuevas personas, emprender ese viaje de introspección que tantas veces solicité, dedicarme por completo al propósito primero de mi vida: Dios. Sin embargo, gran costo tiene esto: ¡Adiós amigos!

Extrañaré, sin duda alguna, El Oasis: una maravillosa comunidad cristiana universitaria dónde pude descubrir el verdadero significado de la comunión que, como hermanos, tenemos todos en Cristo. Gente maravillosa, ¡increíble! Quisiera mencionar a unos cuantos, pero ellos saben quienes son. En verdad allí se cumple la escritura: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros el mundo sabrá si sois mis discípulos”. ¡Cuanto amor desbordante y desinteresado hay en ese gran hogar! Los extrañaré a todos, y vendré a verlos muy seguido.

Mi iglesia, capilla San Agustín, por la que tantas cosas quise hacer. Ha pasado ya el tiempo y es hora de emprender rumbo a otros ministerios. La semilla ha sido sembrada: es hora de que crezca en buena tierra. Los extrañaré mucho, a todos y cada uno.

Mis compañeros de universidad, que tanto apoyo me dieron en mi examen de grado y durante toda mi carrera. No sé si hubiese llegado tan lejos en lo académico si no hubiera sido por ellos. ¡Gracias amigos!

En definitiva, el saldo de dolor por la partida tiene un sólo sinónimo: gente. ¡Que genial es conocer gente nueva y que triste es despedirse de ella! Pero hay una esperanza para los que confían en Dios: sabemos que, aunque nos despidamos, nunca ningún momento será el último.

Los queremos, buenas noches.

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