Creo que de a poco me he ido dando cuenta de cómo funciona una de las cosas que más nos aleja de Dios. Por supuesto que no quiero quitar de su mal trono al egocentrismo, que cuenta con el infame galardón de ser lo que más nos aleja de nuestro Santo Creador. Pero el egocentrismo se manifiesta en muchas cosas, algunas tangibles y otras no tanto. Quisiera hablar de una que me preocupa en particular.

Sin duda el conocimiento mundano y vanal es el que nos aleja de Dios. Una vez leí que “sin revelaciones absolutas que provengan de Dios mismo, estaremos a la deriva en un mar de ideas conflictivas relacionadas con la conducta, la justicia, el bien y el mal, que provendrán de una multitud inmensa de pensadores conceptuales.” ¡Pero que gran verdad!

Este es un mal, un veneno punzante, una sarna despreciable que contamina no sólo a los que no son cristianos, sino, lamentablemente, a los que lo son también. Preferimos hablar de Platón, Aristóteles o Tomás de Aquino para justificar algunas doctrinas o teologías. Preferimos dejarnos llevar por lo que dice Rosseau, Nietszche, Kant o Foucault sobre la sociedad. Preferimos escuchar toda una serie de paradigmas educacionales (por citar alguno, el constructivismo) para saber cómo es mejor educar. Preferimos rendirnos a los pies de Maquiavelo para saber cómo gobernar. O incluso, más simplemente, preferimos coleccionar citas de una multitud variada de pensadores para escribirlas en nuestras páginas, que escribir en nuestro corazón las únicas citas que dan Vida.

El ser humano escucha a otros seres humanos más que a Dios mismo. Esto es una realidad que contamina cada rincón del mundo. Todos los días y a cada momento conozco a cristianos envanecidos con uno que otro pensador, con una que otra teoría, con uno y que otro razonamiento.

Y alguien puede decir: “Dios nos da la razón. ¿Cómo ha de enojarse Dios, que nos dio la razón, en que la ocupemos?”. Si, quizás sea este un razonamiento plausible. Pero todo depende para qué ocupamos la razón. ¿La usamos para la Gloria de Dios, es decir, para pensar y razonar lo que él mismo nos enseña? ¿O pretendemos crear nuestras propias torres, edificios y sistemas de verdad, o incluso alimentarnos de los de otros?

El mundo es un lugar muy plural, eso es una realidad del tamaño del mismo mundo. Y el cristiano olvida que Dios se centra siempre en sí mismo: es Él, es Su enseñanza, es Su gloria, es Su poder, son Sus determinaciones. Por ende, como Dios es uno – y esto es razonar para la gloria de Dios – entonces la verdad también es una, y esa es la suya. ¿Como hemos de econtrar esa singularidad en este mundo tan plural? Por eso Dios se reveló a sí mismo en Su Palabra, en Su Lógos, para que podamos tener acceso a lo que Él dice, y no a lo que el resto de la humanidad diga. Porque si preferimos escuchar lo que otros dicen y aceptarlo, estamos negando lo que Dios dice, y no lo aceptamos.

A Él sea por siempre la eterna gloria.

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