Creo que es sano revisar nuestro pasado. Sé que Dios, cuando nos arrepentimos, borra todas nuestras rebeliones. Las expulsa a las profundidades del océano. Pero revivirlas con el afán de recordar que no debemos caer nuevamente en eso, es importante. Así Pablo, por ejemplo, muchas veces exhortó a los cristianos con el ejemplo de la fallida historia salvífica de Israel, recordandoles todo lo que pasaron, para que no fuesen a caer nuevamente en aquello.

Hace un año escribía arduamente, al igual que ahora. Quizás en una forma incorrecta: aún era un niño, aún me alimentaba de leche y pretendía alimentar con vianda a quienes ni siquiera habían nacido. ¡Gracias Señor, por hacerme crecer tanto!

Aunque, mis ideas, con más o menos variaciones, siguen siendo las mismas, sigo siendo el mismo de antes en cuanto a pensamientos, mas ahora más profundo, más cauto, más maduro, más sabio.

Antes, en todo caso, era mucho más resoluto. ¿Será que estoy cambiando la Verdad por una paz falsa? Creo que puedo ser paciente y cauto, al mismo tiempo que implacable para denunciar lo que no es voluntad de Dios.

¿Para qué tanto agasajo? ¿Para qué tantas palabras blandas? La Verdad siempre será la misma. Quizás he alargado una despedida que debió ocurrir hace un año. Aunque, de no haberlo hecho, no podría decir que el Señor me ha bendecido como un istrumento suyo. Feliz estoy por ello, pero ¿hasta cuando?

Los amigos pasarán. Pero antes de que pasen, algo debo hacer. No digo que dependa de mi, solo digo que es mi deber hacerlo. Si es sí, o si es no, eso depende del Todopoderoso.

Solo puedo llegar a una conclusión tras examinarme hace un año: He crecido. ¡Vaya que han dado frutos mis horas contigo! Es lo mismo que decir, que el tiempo contigo, es Tiempo. Y con eso puedo sacar otra conclusión: un día en Cristo, es mucho más que toda una vida sin Él. ¿Cuanto más será, entonces, el año y medio que llevo a tu lado? Mil veces más que un millón de vidas.

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