¡Intolerancia! (Relativismo)

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Podemos leer en Romanos que Pablo no se avergonzaba del evangelio. Es una declaración extraña si consideramos que viene del misionero más grande de la cristiandad. ¿Acaso Pablo o alguien tenía la posibilidad de avergonzarse del evangelio?

Pues si, Pablo, en la carne, tenía muchas razones para avergonzarse del evangelio, porque contradecía muchas de las cosas que se creían en su cultura. Para el judío, era una blasfemia, porque indicaba que ese carpintero pobre de Nazaret que murió en una cruz maldecido, era en realidad el Mesías y el Hijo de Dios. Para el griego, era el absurdo más grande jamás inventado, porque declaraba que un judío extraño, de un lugar lejano, era en realidad Dios en la carne. Pablo sabía que cuando abría su boca para proclamar el evangelio, iba a ser ridiculizado y tratado como un loco, a menos que el Espíritu se moviera sobre los corazones y las mentes de sus oyentes.

Cuando predicamos el evangelio de la forma correcta, en verdad es un escándalo; y si tratamos de disminuir el escándalo, ya no estamos predicando el evangelio.

Por ejemplo, Minucius Felix, romano contemporáneo de Pablo, escribe: “Los cristianos presentan delirios enfermizos, una superstición loca y sin sentido, que lleva a la destrucción de toda la religión verdadera”. Plinio, el Joven, luego de interrogar y torturar a dos niñas cristianas, por no dar el culto al César, informa: “No he descubierto más que una superstición perversa y extravagante.” Lucian se burla de los cristianos como: “Pobres diablos, que niegan a los dioses griegos, y en vez de eso, honran a ese sofista crucificado y viven de acuerdo a sus leyes.”

Hoy en día, el evangelio verdadero no es menos ofensivo. Eso es lo que quiero ver en las próximas tres entradas. El evangelio contradice cada “ismo” de nuestra cultura: Pluralismo, Relativismo y Humanismo. Partiré con el primero.

El pluralismo es el sistema de creencias que declara y reconoce que todo es verdad, declarando entonces, el fin de la verdad. Cuando etiquetamos como verdad declaraciones contradictorias, tenemos como resultado la muerte de la verdad.

En los primeros siglos del cristianismo, el sistema religioso funcionaba muy bien. Todos los hombres aceptaban las deidades de otros, se las intercambiaban (Israel no estaba ajeno a esta costumbre). Se traspasaban fácilmente de cultura en cultura. Los mercaderes lucraban con las imágenes de este o cual Dios, y la gente las compraba como quien colecciona figuritas de un set [Hch 19:23-28]. Todo iba bien, hasta que los cristianos aparecieron.

Dijeron que los dioses hechos por manos humanas no eran dioses en realidad; no reconocían al César sino a Cristo como Señor. El mundo entero los clasificó como arrogantes por eso, por creerse dueños de la verdad y del único Dios cuando lo natural era compartirlos todos. Reaccionaron con furia contra ellos, por su intolerancia intolerante hacia la tolerancia, y los persiguieron y castigaron con dureza.

Se nos dice que todos los puntos de vista con respecto a la religión y la moralidad son verdades, son válidos, sin importar cuán diferentes o contradictorios que puedan ser. Y esto está siendo aceptado como verdad mayoritaria hoy en día, sin distinción entre cristianos y no cristianos.

Claramente, la causa del pluralismo es el terror de volver a la Guerra Mundial o a algo como la Guerra Fría. El hombre miró con temor el enfrentamiento de dos o más ideologías y las nefastas consecuencias de aquellos choques. Pero el pluralismo no es la cura, sólo anestesia al paciente para que no pueda pensar más.

El evangelio es la cura. El evangelio despierta al hombre, lo obliga a buscar la verdad. No lo deja descansar en un fundamento tan ilógico. A cada instante nos grita “¡¿Cuánto más titubearás entre dos opiniones!?”. El evangelio de Jesús es radicalmente exclusivo. Cristo es EL camino, es LA verdad y es LA vida. No es un camino, una verdad o una vida. Si dijeramos que el cristianismo es un camino y no EL camino, entonces ya no seríamos tratados mal y eliminaríamos toda la persecución y todo el desprecio de los demás.

Si decimos “Ok, ese es tu camino. Sigue en el tuyo y yo en el mío” el cristianismo deja de ser cristianismo y nosotros cristianos; negamos a Cristo y el mundo se queda sin salvador.

Próximamente, escribiré sobre el relativismo y más tarde, sobre el humanismo.

No se trata de mí; no se trata de ti.

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Se trata de Él; siempre se trata de Él. Hay un sólo Dios, y Él es Soberano. ¿Sabes lo que eso significa? Significa que Él puede hacer su voluntad en su creación de la manera que a Él le plazca. Dios dijo: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco” Y fue así. El universo no titubeó para cumplir dicha orden, ni hubo ley física que impidiese la potencia del mandato de Dios.

Muchos de los problemas de la cristiandad actual, pasan por esto. El hombre natural, sobretodo el de hoy en día, no entiende, o no quiere aceptar la potencia de la soberanía de Dios.

Es un síntoma propio de nuestro tiempo. El hombre cada vez busca más la libertad. En el siglo XIX, hubo fuertes cambios, potentes. Las revoluciones industriales le quitaron los límites al hombre, le hicieron pensar que ya no había un límite, que la energía era infinita y que podía hacer lo que quisiera con ella. El imperialismo fue su tutor en el arte de imponer su voluntad; le otorgó delirios de grandeza que, con el nacionalismo, pronto pasaron a ser delirios nacionales. La filosofía del poder de las masas despertó, sólo para ser acallada luego de que fue útil a las revoluciones, pero la ira y el odio permanecieron enraizados en la sociedad frustrada. En el arte, el hombre comenzó a volcarse en sí mismo, dando lugar al subjetivismo y al individualismo como las escuelas más prominentes. Ya no era el público el que valoraba el arte, sino el artista que imprimía el significado a su obra.

La tónica de este siglo fue, en palabras de muchos historiadores, un humanismo multiplicado. Ya no el Rey con el poder absoluto, sino el hombre con el control absoluto. Triste es ver que todo terminó en un descontrol absoluto.

Pero creo en la soberanía de Dios, y que, al igual que Pablo citaba la historia de Israel como ejemplo de instrucción, también nosotros podemos aprender de la nuestra. La historia no la hacen los políticos, ni los hombres poderosos; la hacen nuestras ideas. Las ideas determinan una época. No es tanto el hecho de que se inventó la máquina a vapor, sino como eso se traduce en los discursos ideológicos de muchos hombres, convenciendo a las masas de una idea determinada.

Así, nos han convencido con la idea de que nosotros somos los que tenemos el control de todo, que nosotros podemos elegir nuestro destino y que somos dueños absolutos de nuestras vidas, y que cualquiera que tenga el poder para limitarnos, es un tirano, y que cualquiera que ha creído encontrar una verdad distinta a la nuestra, es un dictador. Como cristianos, hemos apoyado todas estas ideas, conscientemente o sin malas intenciones, a pesar de que las escrituras dicen: “Y todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas El actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle <<¿Qué has hecho?>>” [Dn 4:35].

Existe un Dios, un Señor que demanda obediencia de todas sus criaturas caídas. Pero ya nadie predica eso hoy. ¿Por qué? Porque es impopular, muestra a un Dios lejano, un Dios dictador y tirano que hace lo que quiere, cuando en verdad, es mejor que el hombre tenga el poder. ¿Cierto? Evitamos hablar de esto con los inconversos e incluso entre nosotros mismos, porque es un “mal” concepto de Dios, suena feo, no tiene valor comercial, no se puede vender a alguien que no cree en Dios porque no lo aceptará.

Buscamos conversiones genuinas y manipulamos a las masas con historias sentimentales, apelamos a sus emociones, hablamos maravillas de Dios, y es cierto, Dios es maravilloso y amoroso. Pero también es un Dios justo, que no declarará por inocente al culpable. Es un Dios Santo, que no tiene nada que ver con el mal, aborrece lo malo y perverso que hay en nosotros. Debemos abrir los ojos de la gente a Dios, y no cerralos más.

Los que no conocen a Dios crujen los dientes contra esta verdad, porque les quita su vana esperanza, les quita su control y la vanagloria que ellos tienen. Les aterra la idea de un Dios justo y santo, porque no conocieron ese Dios: o se hicieron uno para ellos mismos, u otra persona se los hizo a ellos. Cualquiera sea el caso, el mensaje es que volvamos a Él, a su dominio seguro, a su evangelio poderoso y a su palabra suficiente.

No se trata de nosotros. No tenemos el poder. Es Dios quien elige, quien llama, quien justifica, quien santifica y quien glorifica. Que el Señor tenga misericordia de nosotros.

¿Cristo moderno?

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Nunca me ha gustado abanderarme, ni tampoco ayudar a mutilar el cuerpo de Cristo al modo corintiano. Pero entiendo a los que lo hacen, básicamente, porque también lo hice y pensé como ellos piensan ahora.

Hace poco leía un artículo crítico del Fundamentalismo Cristiano. La verdad es que comparto bastante poco del contenido de dicho articulo, pero me gustaría esgrimir un par de razones y hacer una pequeña reflexión.

Muchos ven el fundamentalismo como algo materialmente reaccionario (incluso el mismo término los asusta), cuando es ideológicamente reaccionario. En efecto, el fundamentalismo cristiano está en contra del modernismo, pero jamás ha planteado volver a vestir en pieles o eliminar los aviones o los automóviles o dejar de usar las computadoras, como algunos plantean. El problema del modernismo está en su ideario, no en su producción material. En todo tiempo y cultura son las ideas que no provienen de Dios las que hacen daño y causan desastres.

Estaba leyendo que, cito: “Cristo era un revolucionario cultural y social que no cumplía con las convenciones de una sociedad formal, vulneraba las leyes religiosas constantemente, se asociaba con «indeseables» y por lo general desafiaba el vacío y la superficialidad de las tradiciones y creencias de la sociedad. Cristo fue crucificado, por lo menos parcialmente, por ser un modernista y un relativista ético. Si Cristo viniera a vivir con nosotros en el siglo XXI, sería crucificado de nuevo, no porque le odien, sino porque no sería reconocido.”

A primera vista, parece bastante aceptable la visión de Cristo de este escritor anónimo. ¿Crees tu en este Cristo? Antes de que quieras responder, permítete leer lo que sigue.

Aquí nuestro autor ilustra un Cristo desacomodado a la sociedad y realiza un paralelismo temporal (bastante forzado) entre las ideas de Cristo y las ideas modernas. Básicamente dice que Cristo era “como un modernista”. Se identifica con un sector y tipo humano disconforme (tipo que surge de la postguerra, de la herencia hippie y sus consecuencias). Una interpretación más que asimilada de tantas veces que se repite por todos lados.

Pero nuestro autor raya en la incompresión de la escritura hasta tal punto de ocupar tres conceptos fatales para hablar de Cristo. Habla de Él como “vulnerador de la leyes religiosas”, como “modernista” y – la gota que rebalsa el vaso – ¡como un “relativista ético”!

Aunque nuestro autor no coloca citas bíblicas o no hace referencia a ningún pasaje de la escritura para justificar lo que escribió allí, asumiré que lo de “vulnerador de las leyes religiosas” proviene de los famosos pasajes en donde Cristo realizaba milagros en los días de reposo, porque no conozco otra referencia que se acerque a que Cristo quebrantara las leyes religiosas de su tiempo. Es más, el mismo dice en el Sermón del Monte: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mt 5:17). Si Cristo dijo esto, seguramente fue porque alguien de su tiempo ya lo había acusado de querer quebrantar y derogar la ley de Moisés. En consecuencia, los que ven a Cristo como un “quebrantador de la ley” yerran el blanco medio a medio y no han comprendido el propósito de Cristo. Volviendo al ejemplo particular del día de reposo, el no intentaba revelarse ni mostrar su descontento hacia las autoridades religiosas de su tiempo haciendo lo que hacía, sino que intentaba enseñar a otros el verdadero significado del día de reposo, que de ser un día de descanso y de honra a Dios, se había convertido en un día lleno de estresantes prohibiciones y preocupaciones por no hacer algo “malo” o “prohibido” o “incorrecto” en ese día. Pero Jesús no propone algo nuevo, sino siempre, una vuelta al propósito original de Dios escrito en el la ley y los profetas, que los hombres habían distorsionado.

No sé realmente a qué se refiere con “modernista”, pero claramente es un anacronismo terrible. Por mucho que quiera establecer paralelos entre Cristo y las ideas modernas, nuestro autor no puede tomar una idea que nace más de mil años después de Cristo para aplicársela a Él. O si va a hacer eso, por lo menos tiene que demostrar que la idea se remonta a los tiempos de Cristo, cosa que no hace y que, a mi parecer, está bastante lejos de la verdad, porque el modernismo como idea es bastante posterior a Cristo.

Él último de los conceptos remata las erradas elucubraciones de nuestro autor sobre la persona de Cristo y es como una especie de broche de oro para tamaña palabrería. Llama a Cristo un “relativista ético”. El relativismo en ética es una idea que sostiene que no existen verdades absolutas porque el hombre es incapaz de alcanzar o conocer la verdad, por lo tanto, cada uno puede levantar su propia verdad, tan correcta como las de los otros. De ahí, al pluralismo ético-moral (es decir, diferentes normas en una sociedad) hay un paso. ¿Crees que Cristo era un relativista? ¿Sonaba como uno cuando decía: “Uno es el camino que conduce a la vida” o “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”?

¡Cristo no vino a implantar algo nuevo! Lo que vino a hacer fue restaurarlo a su forma original, a eliminar las cosas que con el tiempo los hombres que no eran de Dios fueron introduciendo, junto con todos sus demás vicios y malas costumbres. Debemos volver a la pureza de la primera iglesia, que aún no se había contaminado de todos los vicios e ideas de los hombres a lo largo de la historia y que se han escondido dentro del mensaje original. No por nada dice Dios por boca de Jeremías: “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos.” (Jer 6:16). No es en las “nuevas sendas” sino en las “sendas antiguas” donde debemos buscar el buen camino. Lo que lleva tiempo se descompone, es inevitable. En verdad caemos en ingenuidad si pensamos que la iglesia será pura por siempre. Israel cayó ¿qué hay de diferente en nosotros? También podemos caer, pero no de la gracia de Dios. Me refiero a los hombres que creen que son de Dios, pero que jamás han recibido su misericordia ni su gracia.

En verdad oremos. Oremos por el avivamiento que necesita la iglesia que es una, invisible y universal. Por la vuelta al buen camino, como sucedió en tiempos de Ezequías.

Pablito tenía un “clavito”…

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Pablo, apóstol y siervo de Jesucristo, era un hombre excepcional. Perseguido y entregado por los de su propio pueblo, e incluso despreciado por los mismos gentiles a quienes llevaba la buena noticia. Sufrió grandes golpizas y estuvo preso unas siete veces. Todo, aboslutamente todo lo soportó por amor a Cristo, del cual fue asiduo perseguidor en sus años de juventud.

La vida de Pablo es aboslutamente fascinante y sin duda que, después de Cristo, es el personaje más documentado del Nuevo Testamento. Tenemos muchas de sus epístolas con nosotros, más una que probablemente es de su autoría. La mitad del libro de Hechos está dedicada a narrar su ministerio entre los gentiles y cómo éstos iban siendo salvados por el Señor. Además, se cree que el tercer evangelio sinóptico está compuesto de la revelación que Pablo recibió de la vida de Cristo y que posteriormente Lucas, su fiel compañero, se encargó de registrar.

Pablo, entonces, tenía motivos suficientes para gloriarse. Por su causa toda Asia Menor y gran parte de los Balcanes, además de Macedonia y posiblemente Hispania, sin contar su pueblo natal y la región de Palestina, habían creído en Jesucristo y lavado sus pecados en las aguas del bautismo. Podría haberse presentado como el más trabajador de los apóstoles, el que más sufría por Cristo, el más elocuente por su manera de hablar, el de más credenciales de dolor y el que más lejos había llegado con el evangelio…pero, siempre se mantuvo humilde, a pesar de sus inmensas obras.

Es este mismo Pablo, que en segunda de corintios nos dice que tenía un “aguijón en la carne”. Está es la única vez que el vocablo griego skólops aparece en el Nuevo Testamento. Podría traducirse más apropiadamente como “espina” o “clavo”. Aunque no se sabe con certeza qué cosa era ese “aguijón en la carne”, una cosa es segura: no era del agrado de Pablo y tampoco le hacía bien. Porque la metáfora es evidente: un aguijón es una pequeña y puntiaguda cosa, que si se entierra en nuestra carne, produce dolor y molestias. Lo mismo con el “mensajero de Satanás que lo abofetea”. Era “algo” que tenía que lo hacía sufrir, que lo molestaba, que le causaba dolor. Aunque no sabemos muy bien qué era, y quizás los corintios nunca lo supieron; nosotros, hoy en día, podemos sentirnos de la misma manera que Pablo con muchísimas cosas.

Pablo le rogó que lo quitase de él, que lo eliminase. ¡Pero claro! Cuando yo tengo algo que me aqueja, o algún mal que me causa dolor, acudo a mi Dios en oración por medio de Cristo, mi Señor, para que aleje eso que me aqueja. Y ¿por qué? Bueno, pues, porque como se suele decir, en lenguaje teológico, Dios es Todopoderoso. Y porque dijo “Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, él se los dará”. Así que yo oro, porque tengo fe en que Dios me concederá lo que pido.

Así que, lo que Pablo hizo, es bastante sensato. Pero, ¿qué paso? Dios le contestó algo así como: “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. ¿Qué? A ver momento ¿me perdí de algo? ¿Yo le pido algo a Dios, y él me dice algo así como “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”? Cuando leí este pasaje recordé lo que me dijo mi padre cuando le pedí que me diera más plata para invitar a salir a una chica que me gustaba. Me dijo: “Te basta con luca hijo”. Esta respuesta de Dios me suena como que no le dio a Pablo lo que él le pidió.

Incluso, para que se note el énfasis, Pablo nos da un pequeño detalle que no es prudente pasar por alto. El dijo que había pedido a Dios “tres veces”. Es como si dijera: “Miren ¡Se lo pedí a Dios tres veces! ¡Tres veces! Y me dijo esto”. ¿Qué nos quiere decir Pablo con esto?

A veces, somos aquejados por diversos males, y vamos a Dios en oración y le rogamos “Padre, te ruego que me libres de este mal”. Pero no pasa nada. Y seguimos y seguimos orando. Pero no pasa nada. ¿Es que acaso Dios no nos escucha? Creo que no. Dios siempre nos escucha. Dios siempre te escucha. Quizás te está diciendo lo mismo que a Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Te dice: “Ya te di mi gracia, que es lo más maravilloso que puedo darte. La debilidad hace que mi poder crezca.” ¿Cómo es esto? ¿Mi debilidad hace que el poder de Dios crezca? Solo puedo entender esto como la forma que Dios tiene de enseñarnos a ser humildes, no sea que nos de todo y nos gloriemos de haberlo obtenido por nuestra cuenta, y cuando somos humildes el Espíritu habita tan poderosamente en nosotros que nos da inmenso poder. Así como un padre no le da al hijo todo lo que él le pide, nuestro Padre no nos da todo lo que pedimos para que nos fortalezcamos en ese sufrimiento, en ese dolor, en ese problema, en ese mal, en aquella carencia. Para enseñarnos que, no importa lo que pase o llegue a pasar, sigamos siempre confiando en él porque él es todo lo que necesitamos y al final no nos desamparará. Para que entendamos que, a fin de cuentas, nos dio su gracia, y eso es lo único que no vamos a perder cuando nos llegue el último suspiro. Para que entendamos que no sólo es todopoderoso para concedernos cualquier cosa que le pidamos, sino que, también, es todosuficiente para cubrir cualquier cosa que necesitamos.

Más que vencedores…

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Somos más que vencedores porque no ganamos por nosotros mismos. ¿Acaso el vencedor no es el que gana por su propio mérito? Sin embargo, somos más que vencedores, porque hemos sido hechos un victorioso ser humano por medio de aquel que nos amó, y creemos en que él tiene el poder para levantar a cualquiera. Porque nada hay imposible para Dios. Ya no estamos condenados. ¡No podemos estarlo!

¿Y quién dirá algo en nuestra contra? Dios es el que nos justificó. Y nada, absolutamente nada de lo que existe y de lo que no, podrá separarnos del amor de Dios, manifestado por su hijo Jesucristo, nuestro Señor.

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:38-39)

 

El Corazón Quebrantado (Salmo 51:17)

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Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado. Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17)

Maravilloso salmo es este: no hay otro que exprese mejor la experiencia interior del hombre arrepentido, que es guiado a los pies de Cristo. Primero, se apoya en la misericordia de Dios (v. 1) y reconoce abiertamente su pecado (v. 3). Reconoce que ha pecado contra Dios (v. 4) y ruega porque su corazón sea purificado (v. 10), porque desea enseñar a otros sus caminos (v. 13). Finalmente, pide la apertura de sus labios en alabanza a Dios (v. 15) y ofrece, ya no un cordero inmolado, sino su propio y quebrantado corazón (v. 17). Todo el que conoce a Cristo y ha sido perdonado por él, conoce, por experiencia propia, las tremendas verdades que manan de este salmo.

Es común la creencia, poco acorde a las enseñanzas de Cristo, que el cristiano debiese ser un hombre siempre rebosante de felicidad. Es cierto que, como dice John Stott, hay una conexión evidente entre santidad y felicidad; sin embargo, el quebrantamiento y la tristeza que produce arrepentimiento son agradables a Dios, y nos ayudan a crecer (2 Co 7:10). Además, Cristo predijo que sus verdaderos siervos sufrirían constantemente en este mundo, pero que cuando eso sucediere, confiasen en él para hallar consuelo (Jn 16:33).

La palabra corazón ocupa un lugar muy importante dentro del Antiguo Testamento, y en este salmo también. Se refiere a “el interior” del creyente. Por ello, el salmo, hace constantes alusiones a la experiencia íntima o interior. Así como Apocalipsis 3:15-16 establece que existen tres “tipos” de personas, podemos decir que hay tres tipos de corazones.

El corazón frío

La ley de Dios, sus maravillas y sus misericordias, no tienen ningún efecto en el corazón frío. Aunque escuche la palabra, está siempre impasible, impenetrable. Es frío y duro como una piedra. “Oídme, duros de corazón, que estáis lejos de la justicia” dice Isaías (46:12); “Endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron tornarse” grita Jeremías (5:3);  ¡y así muchos!

¿Que hace a este corazón tan duro? ¿Por qué tal dureza y frialdad? Primero, porque es un corazón cubierto por un gran velo. Es ciego, porque el velo le impide ver. No cree en la biblia, ni en la ley de Dios, ni en el justo juicio de Dios. No es capaz de ver esas cosas. Segundo, porque Satanás es dueño de ese corazón, y allí donde es arrojada la semilla, al instante es pisoteada y hollada. Tercero, porque es frío como el cadáver de un muerto. Los muertos no sienten, no oyen; carecen de vida. Cuarto, porque reposa en falsa seguridad y ello le hace ser despreocupado. Reposa sobre el falso refugio de la limosna, la filantropía y toda clase de obras que sin Cristo resultan estériles.

Pidan, amigos, que Dios los libre de la maldición de un corazón no quebrantado, no contrito, no humillado. Primero, porque la falsa seguridad sobre la que reposan no tardará en flaquear; y segundo, porque es ahora cuando existe esperanza de perdón. El Dios justo sólo cubre el pecado con la misericordia que se obtiene del verdadero arrepentimiento. El hará como dijo que haría: misericordia al arrepentido, juicio al soberbio.

El corazón tibio

Este es un corazón ciertamente herido, pero no quebrantado, no rasgado por la gracia de Dios. Sus heridas son múltiples.

La primera herida es la que produce la ley. Cuando Dios acerca un alma para sí, la lleva a preocuparse por su pecado. Así, Pablo nos dice que “yo sin ley andaba algún tiempo, mas venido el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí“.

La majestad de Dios produce la segunda herida. El pecador recibe la carga de su pecado porque siente la grandeza y santidad de Aquel contra el cual ha pecado. “Contra ti, contra ti solo he pecado” (Sal 51:4).

La tercera herida proviene de su propia incapacidad para mejorarse. Aquí el corazón tibio y herido se levanta contra Dios. Se levanta a causa de lo estricto de la ley diciendo “¡oh, si no fuese tan exigente!”. Se levanta porque la fe que produce salvación le parece inalcanzable por ser un don de Dios. Lucha por merecer su salvación, gimiendo “¡Quisiera merecerme la salvación y ganármela!”. A más remordimiento, más se esfuerza en vano por alcanzar a Dios con sus sacrificios. Se llena de obras, se esfuerza en hacer el bien, sin alcanzar consuelo alguno. Si en este estado, tan miserable, persevera, terminará engañándose a si mismo de una manera terrible. Pero es también en este estado dónde puede humillarse, quebrantarse…

Debemos reconocerlo. Muy distinto es un corazón despertado que uno salvado. Examínense a ustedes mismos.

El corazón ardiente

Este corazón ha sido quebrantado. No aguantó más su bajeza. Reconoció su miserable estado y clamó a Dios por misericordia. Ya no piensa en esforzarse por alcanzar su salvación: se dio cuenta que solo no puede hacerlo. El Espíritu Santo lo llevó a los pies de Cristo, que lo hizo todo por el, desprendiéndolo de su propia justicia, de su ego, de sus propias opiniones. Su yo se derrama como el líquido en un frasco roto.

La obra de Cristo se le muestra tan clara, tan perfecta. Le sorprende su claridad y coherencia. Puede ver en la obra de la cruz la perfecta justicia de Dios. Pueden ver el inmenso resplandor de la gracia inmerecida de Dios. ¡La gloriosa gratuidad de su perdón, ofrecida al pecador que quiera cogerla! Es increíble que yo, que mucho tiempo fui iracundo, que luché contra Dios, que pequé contra el, que fui soberbio, menospreciador, negligente y que levanté entre él y yo inmensas murallas infranqueables, haya sido visto por él. Y él, ¿que hizo? ¡Paso por encima de todo eso, porque me amaba desde la fundación del mundo, para venir a recogerme y levantarme! “Para que te acuerdes y te avergüences, y nunca más abras la boca a causa de tu vergüenza, cuando me aplacare para contigo de todo lo que hiciste” (Ez 16:63).

¿Tienes tu este corazón quebrantado y contrito ante la visión de la cruz? ¿Entiendes realmente estas palabras y lo que significan, o sólo es un mensaje sin sentido para ti? No será una mirada a tu propio corazón lo que quebrantará al tuyo, ni tampoco una mirada al corazón del infierno, sino una mirada al corazón de Cristo. ¡Pide! Pide a Dios y clama a él por este corazón quebrantado, donde el orgullo y la jactancia están excluidos; donde abunda la ternura y la mansedumbre, la humildad y la paciencia, la sensibilidad y el amor. Donde no importa ya el yo, donde la vida pasa a ser propiedad de Dios, porque comprada fue por gran precio. Así clama el corazón quebrantado: “Oh Dios, que pueda ser menos como soy yo y más como eres tu, cada día”

“Entonces recordarás tus caminos y todas las cosas en que habías vivido impíamente y te aborrecerás a ti mismo.”

 

 

Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. (Ez 36:26)

 

Oh Efraín, Oh Judá…

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¿Qué hacer cuando nos sentimos lejos de Dios? ¿Como asirle otra vez? o mejor dicho ¿cómo dejarnos asir por Él, para que tome las riendas de nuestra vida otra vez? Recuerdo lo que Él dijo por boca de Oseas: “¿Qué haré contigo, Efraín? ¿Qué haré contigo, Judá? Porque vuestra lealtad es como nube matinal, y como el rocío, que temprano desaparece.” (Os 6:4)

Pero Él, en su inmenso amor, se compadece de nuestras deslealtades. Así, leí más adelante: “¿Cómo podré abandonarte, Efraín? ¿Cómo podré entregarte, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como a Adma? ¿Cómo podré tratarte como a Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se enciende toda mi compasión.” (Os 11:8)

¡Oh, que amor tan grande! Él arde en deseos de perdonarnos. Solo nos queda clamar. Clamar a Dios por compasión. Esa es mi elección, ante mis evidentes deslealtades, ante la ley del pecado que se apodera de mis miembros. Porque no quieres el sacrificio de mis obras, no quieres holocaustos. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado. Mi corazón, contrito y humillado, no despreciarás Tú, oh Dios.

Porque misericordia quiero, y no sacrificio; y conocimiento de Dios, más que holocaustos. (Os 6:6)

 

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